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Cuento editorial Ayuda

2020-09-06 By Daniel Revol.

Por lo general, todo necesita de algo y todos necesitamos de alguien que nos acompañe. En la naturaleza, el velero requiere de la ayuda del viento para navegar. En el desarrollo tecnológico, la industria automotriz trabaja cada vez más en lo que denomina conducción autónoma, para que ayude al conductor a corregir o resolver errores humanos antes de que tenga consecuencias trágicas. Hace casi 48 años, que se cumplirán el mes próximo, se produjo el llamado Milagro de los Andes, cuando el avión de la Fuerza Aérea Uruguaya que llevaba 40 pasajeros y 5 tripulantes hacia Chile, golpeó un risco de la Cordillera, partió una de sus alas y el fuselaje se estrelló en la nieve del cerro El Sosneado, en las proximidades de la mendocina Malargüe. 29 de los ocupantes fallecieron y los 16 restantes comenzaron una larga supervivencia de 72 días, ya que la información de la ruta volada estaba equivocada y la búsqueda se trazó a 100 kilómetros de ese punto. Los rugbiers que protagonizaron la odisea, entre otros el afamado Carlos Páez Vilaró, no tuvieron ningún tipo de ayuda para el rescate. Lograron subsistir por la propia contención humana mutua, que funcionó de soporte y estímulo para ayudarse entre sí.



Una especie de auto-ayuda motivacional en medio del dolor y la desesperación, digna de una narración de Paulo Coelho o Jorge Bucay en algunos de sus libros. Eran otros tiempos para el rugby, tan denostado después del verano del asesinato de Fernando Báez Sosa en Villa Gesell, a quien ninguno de los integrantes del grupo de salvajes amigos se animó a ayudar para salvarle la vida. Para esta fecha, hace justo 10 años, el mundo estaba en vilo y atento al rescate de los mineros atrapados por el derrumbe del yacimiento San José. Allí pasaron 69 días en las oscuras entrañas del cerro Copiapó, esperando la ayuda desde la superficie, motorizada por cápsulas de la NASA que lograron penetrar hasta los 720 metros de profundidad. La operación de ayuda estaba motivada porque desde abajo logró llegar el mensaje tranquilizador: “Estamos bien los 33”. El último de ellos volvió a nacer el 13 de octubre, el mismo día que 38 años antes en la misma inquebrantable Cordillera de los Andes, se había estrellado la aeronave uruguaya.

Cuesta recrear cómo habrá hecho el Libertador San Martín hace dos siglos para cruzar a pie con su ejército, la imponente formación de la era mesozoica, con la ayuda de mulas y hombres que físicamente hicieron el esfuerzo y de mujeres que prepararon buena parte de lo imprescindible para acompañar moralmente y ayudar en la lucha emancipadora de tres nacionales. Es muy difícil que las hazañas puedan concretarse en soledad porque casi siempre se requiere de una ayuda que cuando no es de un tercero seguramente existe de algo exógeno pero místico, espiritual, que genera la fe como combustible para alcanzar el objetivo. Como escapados de un capítulo de la serie “Lost” o de alguna escena de la película “Náufrago”, es fácil imaginarse una leyenda escrita sobre el suelo de una playa, con piedras u otros objetos visibles desde el aire. Dice una sigla: S.O.S. que en inglés significa “Save Our Souls”, y en español se traduce como “Salven Nuestras Almas”. Un mensaje que en otras ocasiones de emergencia ha viajado en el interior de una botella de vidrio lanzada a las aguas, en búsqueda de una desesperada ayuda. Hoy el pedido es el mismo, pero el alcance y el impacto son diferentes. Estamos en una guerra global biológica y sanitaria. Todos necesitamos ayudarnos mutuamente, manteniendo distancia social, evitando el contacto físico y colocándonos un barbijo casero que al cubrir nuestra exhalación por boca y nariz protege al prójimo. Es una ayuda humanitaria que no evitará la existencia del maldito coronavirus pero reducirá al máximo la capacidad de circulación y contagio con el humano como vector. Ninguna medida es determinante aunque todo ayuda. Lo hizo el aislamiento hasta que el hartazgo y la necesidad económica patearon el tablero. No ayuda la irresponsabilidad social ni el encuentro con afectos por sí mismo, a los besos y abrazos, por el riesgo de portación asintomática. No es de gran ayuda observar que funcionarios de distinto rango se muestren en reuniones públicas y privadas sin protección, como si creyeran que la inmunidad del cargo público neutraliza al Covid. El pedido de auxilio es un grito que solo dejará de escucharse con el gran hallazgo científico de las últimas décadas cuando los ensayos sean exitosos para consagrar el arma letal contra el virus, que será la vacuna.

Hasta que inocularnos no sea una realidad, los pedidos de ayuda de los médicos, el personal de salud en general y los especialistas de terapia intensiva en particular, serán nuestra voz que desde el subconsciente nos exige cuidarnos al extremo. El uruguayo Julio María Sanguinetti repitió una tesis que al incumplirla, nos lleva a una dualidad que desencadenará pandemias secundarias como efectos adversos. Para el ex presi charrúa, es falsa la opción entre salud o economía. Son un todo en sí mismo, porque lo que deben hacer es ayudarse mutuamente. Camino a un semestre de restricciones, no hay mucho margen para el botón rojo que Alberto tiene en su llavero, como si se tratara de una alarma anti-pánico de quien necesita ayuda. El margen de error se terminó cuando los infectólogos y epidemiólogos en los cónclaves de Olivos para ayudar en la estrategia presidencial, dieron pronósticos equivocados de un tsunami de contagios que llegó con los típicos retrasos criollos. En estas latitudes, todo suele llegar tarde, lo bueno y en este caso lo malo también. Estamos al borde del medio millón de infectados, en el bochornoso ranking de los diez primeros del mundo y rozando las 10 mil vidas perdidas. Contagiados que necesitan ayuda para curarse y que en muchos casos vuelven a ayudar con la donación de plasma sanguíneo. En la cama de al lado, conectada al respirador desde los años de la Macrisis, está la economía, la otra parte del todo que describió Sanguinetti. Esa que necesita la ayuda de un IFE en la pobreza extrema o de un ATP en la preservación del empleo. La ayuda del subsidio, el mal necesario al que debemos evitar que se legitime como recurso y se maneje con clientelismo. La ayuda de 70 mil millones de devaluados pesos para el cerrado sector del turismo, esa locomotora sin chimeneas que como el resto de las áreas fabriles tuvieron más lágrimas que sonrisas para celebrar su día de la Industria. Una baja mensual de casi 7 puntos acentuado al 13 en el rubro de la construcción. A pesar del castigo que ya traían la producción y el consumo, la recaudación fiscal interanual creció más del 33%, porque ayudaron los pagos de quienes tributan Ganancias y Bienes Personales, y el empujón del IVA impulsado por el impacto de la inflación.

De fondo, la banda Virus, los reyes sin corona del rock nacional en los ´80, pide musicalmente una ayuda, para poder continuar. Son tantos los rescates que deben hacerse que el mapa está cubierto en todo su territorio por un gigantesco S.O.S. Ciudades, pueblos y provincias que avanzaron un poco para retroceder de golpe varios casilleros. Ayudó la reapertura inclusive gastronómica para mover dinero, pero obviamente fue la tracción a sangre para la circulación de más público y de contagios. Se nos va el año, ya en el último cuatrimestre, sin reprobados ni repitentes, con un calendario escolar que tuvo a la conectividad virtual, en los casos que la cuentan, como la gran ayuda para continuar en clases. No llegó a tiempo la ayuda para salvar la vida de Paola de Simone, la profesora de la UADE que murió literalmente por zoom, entre sus alumnos, cuando se descompensó en la soledad de su casa. Llevaba 4 semanas con Covid sin que mejoraran sus síntomas y cumplió con su responsabilidad de educadora hasta el último suspiro, con la fatal ironía de que su marido es médico y ni siquiera estaba a su lado cuando tal vez, más necesitaba de su ayuda. Los que no pudieron estar en el momento justo y en el lugar indicado frente a los que estaban en el momento inoportuno y en el lugar prohibido. De nada le sirvió la ayuda que fue a rescatar a Carlos Crupi, cuando practicaba snowboard en el complejo privado Baguales en Bariloche, sin autorización para operar. Una avalancha de nieve se llevó su vida como posiblemente una avalancha de juicios hundan al Gato Gaudio que quedó match-point como socio del emprendimiento. Esas violaciones de restricciones que pueden evitarse frente a los férreos retenes que deberían tener un protocolo de excepciones. El pedido de ayuda de Pablo Musse para darle el último adiós en vida a Solange tiene un doble ahogo. A ese padre le mataron varias veces a su hija. El cáncer, el control fronterizo sin piedad en Córdoba, la falta de disculpas de responsables y autoridades, la carta llena de dolor al presidente y la indiferencia e ignorancia del caso, reconocida por éste públicamente. Nada de eso ayuda a atenuar el shock emocional de una sociedad que está perturbada y temerosa.

No ayuda ver cómo Susana cruza el charco sin impedimentos. O que Macrisis se encierre en cuarentena después de un mes en Europa. Porque tampoco ayudaron sus declaraciones poco felices con las que quiso trazar un paralelismo entre el daño del coronavirus y el populismo. Llevamos un semestre conviviendo con la enfermedad y tampoco nos ayudaron en su momento las falsas promesas de Mauricio sobre segundos semestres que todavía estamos esperando. No ayuda que en pandemia, entre gallos y medianoches, alteren dictámenes legislativos para impulsar una reforma judicial que solo ayuda a los más poderosos. Tampoco ayudarían que castiguen con el desplazamiento del Senado a tres jueces solo porque atendieron causas calientes como los Cuadernos de Centeno que procesaron a la vice. No ayudan a Cristina… pero a Cristina Castro, la única que con el mismo nombre de su referente protectora, sale a cruzar de lleno a Sergio Berni. Porque no lo ayudaron a Facundo Astudillo cuando violaba la cuarentena y ayudar es una de las premisas obligatorias de los efectivos policiales. Cuando el delito ya barrió con gran parte de la población, llega la vieja ayuda conocida. La colaboración de fuerzas federales que dejarán de cumplir con otras obligaciones como parte de un plan de emergencia, una vez más para frenar la inseguridad. Esa que se podría haber disminuido ayudada por un freno a las excarcelaciones amparadas en un probable contagio de Covid. Esa ayuda de más de 37 mil millones de pesos solo en la provincia de Buenos Aires de la que hoy tenés la escéptica desconfianza de su correcta administración. Puestos fijos, patrulleros, armas, chalecos, equipamiento, recursos adicionales y en formación. Cifras que ayudarán a calmar el ataque de pánico y la ansiedad, que es la famosa sensación de inseguridad, transformada en estadísticas reales. Pedimos ayuda, socorro, auxilio, como The Beatles en “Help”, la misma legendaria banda que también compuso  “Una ayudita de mis amigos”, pero este último tema podría confundirnos. Porque podría politizarse el déficit habitacional expulsado por la crisis, manipulado en muchos casos por especuladores y punteros políticos, que hacen un negocio propio de la necesidad ajena.

Cientos de hectáreas tomadas en zonas calientes y otras más ricas, con usurpaciones que a las claras son ilegales pero que en muchos casos son legítimas de quienes esperan una respuesta al pedido de ayuda. La vivienda digna, el acceso al trabajo, la libre circulación, derechos ausentes proclamados por una Constitución que tiene como espíritu ayudar al ordenamiento de la vida en sociedad. Porque esa es la deuda interna, la que no miran cuando solo se detienen en acuerdos con acreedores externos, a los que logramos convencer de que alguna vez cobrarán. Y eso ayuda a patear el problema para más adelante. En eso somos especialistas como Leo también lo es en renunciar para quedarse. Una carta documento a la española y un portazo a la espera de la ayuda de poderosos y millonarios clubes europeos para que nadie ponga las 700 millones de razones para comprarlo. Entonces Messi, quedate en Barza, quedate en casa. La novela y culebrón terminó como si nunca hubiera comenzado, excepto por la goleada en 8 de la brigada alemana que ayudó a que en Cataluña todo explotara. Ya lo había dicho el papa: hagan Lío. Y Lionel Messi lo hizo. El mismo Francisco que se regodeó en las audiencias de San Pedro esta semana, sin barbijo, solo con la protección de Dios, frente a quienes necesitan la ayuda de la fe a la que siempre responde con un “recen por mí”. Ayer se cumplieron 23 años de la muerte de la Madre Teresa de Calcuta, canonizada por Bergoglio hace 4 años. La Premio Nobel de la Paz que en un silencioso trabajo de profunda ayuda, acompañamiento, contención y evangelización nos enseñó que ayudar es dar lo que uno necesita y no entregar aquello de lo que podemos desprendernos. Esa es la verdadera solidaridad que la Madre Teresa definía como “dar hasta que duela”. El próximo finde será la Colecta Nacional Más por Menos, este año bajo el lema “Nadie puede darlo todo, pero todos podemos dar algo”. Y me parece que todos necesitamos de una pandemia de solidaridad humana, que sea lo más contagiosa posible. Porque tengamos como premisa que ayudar, comienza y termina con dar.

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