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Cuento Editorial -Confianza

By Daniel Revol

Necesitamos por naturaleza sentir que hay alguien que nos guía hacia el rumbo correcto. Nos dejamos llevar por la vida con ese impulso espontáneo que nos aferra a algo abstracto e instintivo que nos protege. Practiquemos o no la fe en alguna religión, hay algo superior que provoca el compromiso y el involucramiento en algo y con alguien porque nos da seguridad. Sería nuestro Credo. Todos necesitamos señales que nos muestren tranquilidad y confianza.


Si en cambio se encienden luces de alerta que nos indican un peligro inminente, aquello que era placentero se convierte en desconfianza. Encontrarnos en la paz hogareña, que suene el timbre y nos preguntemos entre todos los convivientes si citamos a alguien cuando vamos a recibir una visita inesperada, activa un protocolo. Preguntar quién es a través del portero eléctrico, espiar por la mirilla de la puerta para verificar la identidad y luego sí quitar el cerrojo y habilitar las dos llaves para flanquear el paso a alguien que es de nuestra confianza. Llegar a casa con el mismo modus operandi con el que nos movemos por la calle, con ojos en la espalda, blindándonos imaginariamente de un ataque de entradera, salidera o lo que fuera, nos estresa de tal forma que desconfiamos de todo aquel que viene de frente o por detrás, por el solo hecho de una portación de cara que se hace más desconfiada detrás de un barbijo protector. Transitar 30 días con la administración de una flaca mensualidad, gastando a cuenta gotas por el temor de no llegar a cumplir con todos los compromisos, privándonos de aquello que no es superfluo pero se ha vuelto prohibitivo, es la consecuencia individual y familiar de desconfiar del futuro inmediato porque siempre aparecerán imprevistos que debemos cubrir. Observamos con desconfianza el billete que nos dieron de vuelto por el temor a que sea falso o buscamos la fecha de vencimiento de ese alimento que nos ofrecen en góndola. Dudamos en atender un llamado de un número desconocido o privado; nos abstenemos de utilizar el celular en la calle o el transporte público; palpamos varias veces la cartera o la mochila para asegurarnos que están bien cerradas y escondemos esos mismos objetos en lugares no visibles dentro del auto, a pesar de que previamente verificamos en reiteradas oportunidades que las puertas estuvieran trabadas. Incorporamos a nuestra rutina varios tics obsesivos que son el efecto adverso de habernos hecho personas confiadas. Crecimos anotando los productos en el almacén del barrio porque creyeron en nosotros y nuestras familias. Esa cuenta corriente de la época en que nos fiaban era un crédito que parece de la pre-historia, porque demasiado paga-Dios hizo que los justos fueran víctimas por los pecadores. Y sumale el costo del financiamiento inflacionario del producto para el comerciante al momento de la reposición, lo que llevó a colocar el antipático cartel “Aquí ya no se fía”. Ya es difícil encontrar acuerdos sellados de palabra, o con un apretón de manos que hoy tendría su equivalente en un choque de codos o de puños. Si hasta es entendible que en muchas parejas se haya perdido la confianza mutua por la sospecha de infidelidad o engaño, que hasta llegan a juramentar la verdad en nombre de los hijos. Bastaría con mirar a los ojos y escuchar la solidez de sus palabras para que esa convicción nos devuelva la tranquilidad que se traduce en confianza. Pero nos han sucedido demasiados accidentes para que esa esperanza se encuentre lesionada. Debe ser la experiencia de Pepe Mujica, al momento de dejar su banca en el senado charrúa, al afirmar que “triunfar en la vida no es ganar sino tener la capacidad de levantarse cada vez que uno se cae”. Pero hay que ser extremadamente fuerte para que esos daños colaterales te devuelvan la misma energía que te haga otra vez una persona que confía. El ex presi uruguayo, que al considerarse de riesgo por la pandemia, eligió el refugio del aislamiento hogareño junto a su ex adversario, el colorado Sanguinetti, cosechó otra frase célebre para la posteridad. Aseguró que “en su jardín ya hace mucho tiempo que no se cultiva el odio”. Es por eso que nos cuesta creerle a nuestra dirigencia cuando pala en mano excavan una grieta de la que reniegan. Porque los hechos pueden más que las palabras y son los que nos mueven a escuchar, ver y atender todo con un alto grado de recelo y desconfianza. No debo analizar mucho por qué razón del otro lado del charco, Lacalle confirma el cierre de las fronteras uruguayas durante todo el verano, resignando una fortuna de divisas que suelen desfilar por la esteña calle Gorlero, sino fuera porque confía en algo que es mucho más que su intuición. Es altamente probable que brasileños y argentinos sigamos tomados por el coronavirus, surfeando en una peligrosa ola de 30 mil en el gigante carioca y 15 mil contagios diarios en promedio en nuestras tierras, que puede convertirse en tsunami. Si hasta nuestro propio presi, que ya no sabe ni cuándo termina lo que él mismo dispone, a lo que llama cuarentena para enseguida auto-corregirse, llegó a advertir que habrá verano si no se disparan más las cifras que ya no le conviene comparar con ningún otro punto del planeta. Vos confiaste en que aquellas primitivas etapas del Aislamiento Obligatorio jamás iban a mantenerse durante 220 días. Confiaste en que jamás llegaríamos a los casi un millón 100 mil contagiados y 29 mil muertos. Y aunque me digas que la cuarentena no existe como tal, es mentira, porque hay infinidad de rubros que aún siguen cerrados. Por ser confiados en medidas que creíamos acertadas, fundieron miles de comercios y se perdieron millones de empleos. Por creer en que si bien una pandemia no registra antecedentes, los escuchamos tantas veces consultando a especialistas y vendiéndonos que sabían lo que hacían que ahora confirmamos que el humo discursivo que largaban era porque a un país que ya venía en llamas le terminaron echando más combustible. Es cierto que muchos se confiaron y relajaron, pensando en que no se contagiarían, por esa condición bien criolla del “a mí no me va a pasar”. Como canta Lebón, “No confíes en tu suerte” porque en esta circulación viral nos compramos todas las rifas. Escuchás fuentes supuestamente confiables: a Alberto que dice que no tocará los ahorros de nadie sin que nadie le pregunte. O al Ministro Guzmán que repite enfermizamente que no se piensa en devaluar. Mensajes que buscan llevar tranquilidad y confianza que como devolución encuentran un verde que en el mercado negro coquetea con el billete de 200 mangos. El termómetro marca fiebre, con nuestro máximo papel, el del hornero de color anaranjado, que vale apenas 5 dólares. Parece una súper-producción hollywoodense de esas en las que nos invaden los extraterrestres y se desata una guerra nuclear imposible de creer. Salís del cine y pensás que nada de eso puede ocurrir porque es solo producto de la ciencia ficción. Y hoy necesitás confiar que en tiempo récord saldrá una vacuna contra el Covid, que nos devolverá la vieja normalidad. Escuchás que desde Oxford no confían en nuestros datos estadísticos sobre testeos. Nos piden que confiemos, cuando este martes se cumplirá un año de aquella elección que llevó a los Fernández al poder, con el voto de confianza del 48% de compatriotas. Demasiado lejos había llegado la desconfianza en la Macrisis cosechando 8 puntos menos, solo entendible en un fuerte rechazo histórico al peronismo y contemporáneo al kirchnerismo. Un año después, aunque no tengan plan y solo parches, nos piden que tenemos que confiar en que se puede y se debe, de esas frases que nos retrotraen a aquella recuperación de las urnas democráticas con la victoria de Alfonsín, de la que este viernes se cumplirán 37 años. Cuántas veces en ese lapso tu confianza se hizo pedazos contra el suelo. Nos piden que confiemos en que habrá vacaciones de verano, con un interior turístico al borde del colapso en la infraestructura sanitaria técnica y humana ante la demanda por Covid. Necesitan verdes y buscan atraer al turismo extranjero, para que llegue confiado a aprovechar el favorable tipo de cambio con la reapertura de los shoppings. Necesitan fortalecer las reservas del Central y arman un proyecto de ley para que quienes blanqueen divisas con una inversión nueva en la construcción, se beneficien impositivamente. Y aunque aquella estrategia del entonces poco confiable Guillermo Moreno con los Cedines fue honesta y exitosa, luego vino el blanqueo de Mauricio que hoy tiene una fila de arrepentidos que lloran en la iglesia, mientras recuerdan que cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía. ¿Alguna vez confiaste en que Francisco desde el Vaticano reconocería la unión civil igualitaria? E increíblemente sucedió, como que Brighstar le venda sus plantas fueguinas de tecnología celular a su competidor Mirgor por solo un dólar. Una ganga, porque es más barato regalar una empresa con todo lo que hay adentro que seguir trabajando o cerrarla, en un mercado en el que las ventas bajaron más del 50%. Lo cibernético cayó, pero el cyberdelito aumentó. El Cuento del Tío remixado casi termina abrochando a Toti Pasman, por confiado. Y mirá que el Talibán le advierte todas las noches que esto “no se aguanta más”. Ya nos quedamos sin las joyas de la abuela que habrán terminado en la joyería que recomienda Mirtha Legrand como “de su confianza”. Al final, una pandemia logró que la Chiqui se retire de la tele, algo que cuando la Diva de las masazas insinuaba, nadie le creía. Como se le atribuye al filósofo romano Cicerón, nadie que confía en sí mismo, envidia la virtud del otro. Una frase que debería utilizar de cabecera el holandés Koeman, luego de las derrotas al hilo para el Barza, el equipo que fuera el más confiable para acumular victorias. Ahora resulta que no confían en el VAR, en las decisiones arbitrales, en el rendimiento de Leo y del resto de las estrellas. Es que la confianza mata al hombre y embaraza a la mujer. Ni poca ni demasiada confianza, paso a paso, los partidos primero hay que jugarlos. Ya se ilusionan con el cruce final de otro súper-clásico en la Libertadores aunque antes deben salir confiados y decididos a liquidar a la armada brasileña. De no creer, pero la abstinencia de fútbol que todos confiaban que sería mínima se devoró más de siete meses. Con futbolistas que estarán más hisopados que entrenados, saldrán con formato de torneo forzado a las canchas el próximo finde, el de Halloween. Se sentirá el ambiente amplificado de cada hinchada, aunque no haya público en las tribunas, porque como las Brujas, que las hay, las hay. Creer o reventar de bronca, traducida en mano propia con el linchamiento y muerte de José Guaymás en Tucumán, acusado de la violación y asesinato de la niña Abigail Riquel, de apenas 8 años. No se puede creer que los homicidas de la beba Lola Montero de 5 meses argumenten que apenas fueron dos tiros en el fuego cruzado entre bandas en Dock Sud. El miedo se SUBE a bordo del viaje en el colectivo 100 en Barracas, después de ver el doble homicidio del policía Esteban Lagos y de Roberto Bonifacio, otro laburante como servidor público. Desconfiamos de cada pasajero y de cada proceso judicial, porque quizás no le crean a Luis Chocobar que no tuvo intención de matar al delincuente en La Boca. Se hace difícil confiar en que mejoraremos nuestra justicia, si la Oficina Anticorrupción deja de ser querellante en causas contra funcionarios del cristinismo o el macrismo porque sienten que para eso alcanza con los fiscales. Desconfiamos como los gatos al recordar que quienes integraban el círculo de estrecha confianza de Néstor se enriquecieron sin justificativos y flojitos de papeles. Cristóbal para descubrir la riqueza patagónica; Lázaro para hacer a lo grande la caja chica como buen bancario; Jaime para convertir a empresarios más ricos con pobres empresas de transporte público del estado; Lopecito con el revoleo olímpico de bolsos cargados de billetes tras las rejas del Monasterio. ¿Te dan ganas de seguir confiando cuando viste con tus propios ojos esas rutas bien lavadas aunque no estuvieran construidas? El círculo rojo de la confianza de Néstor, a quien intentaron inmortalizar sin permiso hasta en la rambla marplatense con una gigantesca pintura de su rostro. Este martes se cumplirán 10 años del fallecimiento de Kirchner, en quien millones confiaron un camino de esperanza para recuperar la dignidad. El mismo día en que el Censo nos sacaba una radiografía de cantidad y calidad de vida en lo que nos describían como la década ganada. Desde siempre, se nos hace difícil creerle a nuestra dirigencia. Nos resulta incompatible entregarle la confianza de la administración de nuestros recursos a los funcionarios públicos. Por eso te identifica lo que Copani canta de fondo, aunque te suene bizarro. Tan bizarro como la disputa de la estancia de los Etchevehere. Ni en la novela “Los Ricos no piden permiso” se animaron a tanta desconfianza entre hermanos de una familia a la que por suerte no se le ocurrió disputarse el predio de la Rural de Palermo. Un culebrón que se filma en escenarios naturales de Entre Ríos, muy cerca sugestivamente de la zona de los campos incendiados. Pero ya se sabe el posible final del culebrón porque como advirtió el sabio Martín Fierro, las peleas entre hermanos solo favorecen que los devoren los de afuera, y al acecho casualmente está Grabois. En algo y en alguien hay que creer. No podemos vivir desconfiando de todos. La duda es en quién, en qué momento, de qué manera. Hagamos un trato. Vamos a confiar primero en nosotros mismos, como ciudadanos y contribuyentes. Confiemos en que podemos ser buenos controladores de aquellos a los que soberanamente empoderamos. Comencemos por allí tras 37 años de la nueva etapa democrática. Debemos confiar e ilusionarnos. Podemos creer y soñar para echarnos a volar.

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