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Cuento Editorial Crueldad

By Daniel Revol

Podría integrar tranquilamente el listado de los pecados capitales de los tiempos modernos, aunque debe haber existido desde siempre. Es probable que haya tenido un pico en los siglos pasados y luego una toma de conciencia general le haya bajado los decibeles y la intensidad. Al ranking de gula, avaricia, ira, pereza, lujuria, envidia y soberbia, le adosaría crueldad, especialmente atada a estos tres últimos comportamientos con los que creo que está emparentada. La lujuria, un símbolo de la desigualdad; la soberbia, un síntoma de quienes se creen superiores y la envidia, un rasgo patológico de aquellos que piensan que todo lo bueno solo le sucede al resto. Las tres falencias pertenecen al árbol genealógico de la crueldad.


De hecho, muchos suelen atenuar el impacto de la envidia adjetivándola como sana, como si pudiera dividirse entre algo culposo o doloso. Los siete pecados capitales más uno que yo propongo, conformarían en el último mes del año, uno de los más importantes en los calendarios litúrgicos, un desafío para intentar una superación hacia la excelencia. El día de la Virgen y la llegada del niño Dios deberían darnos un baño de humildad que nos haga más humanos. Es que el antónimo de la crueldad es la humanidad, como con la maldad lo es la bondad. ¿Qué falla cerebral será la que nos provoca esta reacción adversa cuando estamos vestidos con la piel de seres humanos y no somos permeables ni tolerantes a las diferencias con nuestros congéneres? Además, ese mismo daño colateral lo manifestamos hacia otros seres vivos u objetos materiales ajenos casi de manera inconsciente, en muchos casos, sin ningún sentimiento de culpa. Nunca terminamos de asumirlo pero un viejo refrán que es casi un mensaje prohibido, de humor negro, se sintetiza. Esa frase que sentencia un “Adiós, mundo cruel” cuando hacemos referencia a una situación límite en la que estamos a punto de emprender el vuelo final sin regreso. Lo vemos cruel porque en realidad lo sentimos así, despojado de toda preocupación hacia lo que podemos padecer y en el camino inverso hacia lo que le sucede al otro. De chicos, nos hemos impresionado ante la pantalla grande con la perfecta composición de Glenn Close en el papel de esa villana, desbordada de odio, en pos de los tapados de piel de perros.

Hace casi un cuarto de siglo encarnó uno de sus papeles más consagratorios en “101 dálmatas”. Esa malvada no podía llevar otro nombre que no fuera Cruella, Cruella De Vil. Un estereotipo de quienes en pos de su ambición no tienen ningún problema en convertirse en topadoras, con tracción todo terreno, para pasar por encima de quién sea y cómo sea. El bullying por contextura física, rasgos o color de piel, que en nuestra generación estaba legitimado en la escuela como un mal trago que debíamos soportar, va camino a convertirse en una práctica que merece su abolición. Seguimos conviviendo con una especie que parece en extinción, apéndice de la esclavitud, basada en una supuesta realeza, como una casta que se cree superior al resto. No quiero estigmatizar a ningún deporte como el rugby pero convengamos que desde el scrown se esforzaron bastante en diferenciarse del resto. Una pena que la hilacha la haya mostrado la gloriosa camiseta celeste y blanca, desde las garras de Los Pumas. Lo que hoy somos es en parte por lo que sembramos en los años previos. Entonces es insostenible que nuestros colores y los principios de la Constitución, sean representados por individuos que alardeaban de la discriminación y la xenofobia hacia otras nacionalidades y las tareas domésticas. Está claro que no son el Clan Puccio ni tampoco los asesinos de Fernando Báez Sosa. Pero se visten los colores patrios no solo por la condición deportiva de juego, sino también por esos valores morales que se entonan fervorosamente cuando suena el himno. Entonces, como en un trabalenguas, los tres pumas son tres tristes tigres. Guido Petti, Santiago Socino y Pablo Matera, con doble peso en su mochila, la de capitán y homónimo de apellido del célebre neurocirujano con perfil político, Raúl Matera. El trío sancionado para dar el ejemplo y de inmediato perdonado como un pésimo ejemplo. Se camuflaron en la supuesta inocencia de grandulones de 18 años, caracterizándose como víctimas porque fueron descubiertos y jamás porque se entregaron espontáneamente. Ahora, acorralados por la presión pública y mediática, apenas son tres pumitas con piel de cordero. Crueles con lo que pensaban y escribían antes y crueles los tres con la cobarde forma en que se escondieron, para que luego rodeados, apelen a la lástima.

Tan crueles como los golpes prohibidos que muchas veces se dan mientras juegan, para luego definirse como un deporte de caballeros en el tercer tiempo. Porque no deben pagar justos por pecadores, ya que sería muy cruel, hoy el rugby debería auto-depurarse, como si se tratara de aquella maldita policía. Crecimos a la sombra de la desidia de quienes deberían haberse plantado mucho antes para que se ejecute en hechos lo que siempre pregonamos: que todos somos iguales ante la ley. Con crueldad, la vida nos da cachetadas para demostrarnos que no es así. A la colonización impiadosa le sucedieron el espesor de la billetera y el nivel académico en la educación para que el rango se mida de forma vertical, y siempre los que están en el piso superior sean los que tengan más poder sobre la muchedumbre. Los poderosos hablan desde un estrado, un escenario, un escritorio, un micrófono o un balcón. Eso les marca el territorio con el resto, en una especie de yo y los otros. El otro yo, que suele mostrarse como altruista, es el que emerge para llegar a ese lugar, porque previamente necesita de la aprobación de los otros. Una vez consagrado el triunfo de la elección, con crueldad, rápidamente se olvidan del pasado. Obvio que no es cruel un aporte solidario a las grandes fortunas. Lo cruel sería que esa contribución no se destine a la finalidad lógica y correcta para la que sea crea. Cruel es que quienes nos piden un sacrificio diariamente a los laburantes, no tengan el más mínimo gesto de grandeza de rebajarse sus ingresos provenientes de las contribuciones de todos, bajo el flaco argumento de la demagogia. Cruel es que a quienes volcaron toda su vida con trabajo en aportes para el futuro, cuando les llegó la hora del retiro, deben conformarse con migajas que les dan en diciembre a cuenta de lo que les confirmarían en marzo. Ahora lo corrigieron. Solo el escarnio público y mediático los hizo recapacitar para que modifiquen con piedad lo que sería un desigual acto de crueldad. No obstante, es tan cruel que sesionen en el Congreso este jueves para una ley que les extienda por anticipado la partida de defunción en base a un cálculo de movilidad jubilatoria que los dejará paralíticos.

Una sociedad cruel con la vejez, los adultos mayores, la clase previsional, porque le han echado mano con toda la crueldad posible a las cajas de Anses hasta vaciarlas como quien le sacaba hasta la última moneda a la alcancía. Es cruel una pandemia como lo es quienes se aprovecharon en el enamoramiento del marketing de la buena imagen para usufructuarla. Es cruel que nos hayan guardado por ignorancia o mal asesoramiento, durante varios meses con el argumento de cuidarnos y nos hayan largado a un seguí cuidándote, pero vos solito, con el coronavirus en su punto máximo de circulación y contagios. La crueldad con la que fundieron comercios y Pymes, en un país con más del 40% de la economía informal, nos lleva inexorablemente a la cruda realidad de un 44% de la población por debajo de la línea de flotación, sometiendo a esa condición de pobreza a 6 de cada 10 niños y adolescentes. No alcanza con IFE, ATP u otro subsidio parche como no les alcanza el barbijo para taparse la vergüenza que debería darles, a los gobiernos de antes y a los de ahora, y ni siquiera se les sonroja la cara. Los actos de crueldad pasan una factura más cara que el ticket de tu compra mensual en el súper. Cruelmente, los valores morales se perdieron como el valor del peso al ritmo de la inflación. La Argentina es tan resistente a las injusticias que soporta recaudación tributaria récord mal distribuida en todos los estamentos sociales. Tolera cambios de jueces que se acomodan en los cajones de los escritorios de los despachos oficiales y hasta se da el gusto de debatir si corresponde que Boudou siga cumpliendo arresto en su casa, después de sus negociados con Ciccone y la Casa de la Moneda. Imaginate si entre los beneficios del purgatorio típico de fin de año, le permiten también a Lopecito que salga de la cárcel. Sería tan cruel como que lo manden a los reprogramados Juegos Olímpicos de Tokyo a competir en la disciplina “Revoleo de bolsos con plata sucia”. Diciembre suele resumir con malestar y convulsión social las crueles postales de un año que se devoró cruelmente nuestros sueños y ambiciones. Las privaciones de los afectos en vida y hasta del último adiós a los deudos, en el desequilibrio emocional que provocan las pérdidas. Nos descoloca el paso a la inmortalidad de Diego, como epílogo de la crónica de una muerte anunciada.

Tan anunciada como la disputa judicial por la sucesión, entre hijos que en muchos casos con crueldad no fueron reconocidos a tiempo. Ese Maradona humano, con la humildad de los grandes que nunca olvidaron su origen, se volvía turbio con ciertos gestos temperamentales de crueldad y odio. Familia y entorno cavaron su propia grieta para culparse mutuamente de lo que hoy se investiga entre la mala praxis médica y el abandono de persona. Con la crueldad de quien juega al ahorcado, le fueron cortando las piernas hasta engrosarle el corazón, que siempre fue más grande que el de muchos que tienen tanta fortuna como él. Pero nos cuesta reconocer que el peor enemigo, el más cruel que tuvo Maradona, fue el propio Maradona. Los excesos y las adicciones cruelmente no perdonan. Y como la muerte hace más buenas a las personas, la figura del ídolo popular tiene el poder de atravesar el dique que nos regula la condición de igualdad humana. Alberto lo hizo, con la crueldad que suele caracterizar a los funcionarios públicos que se dicen clonados del común de la gente. Pasamos con las mismas restricciones sanitarias del velatorio con el difunto casi en soledad que muchas familias tuvimos que experimentar, a los casi funerales de Estado, a los que masivamente una parte del pueblo asistió sin importarle casi nada para pasar durante algunos segundos ante el féretro cerrado que se llevaba una parte de cada una de sus vidas. Seguramente, una de las partes más felices de gloria y disfrute pleno de la patria futbolera. Es cruel que suceda de esta forma como tan cruel es que se legitimen la discriminación y la desigualdad, o que nos digan qué es esencial y qué puede suplirse de manera virtual. La crueldad nivela para abajo, sin descensos en el fútbol, que equivale a decir sin castigos, sin finalización de campeonatos que se reinventan para salir del paso, como si fuera salir de copas. Le quedan apenas cuatro semanas a la crueldad vestida con el mameluco 2020. Nos habíamos preparado el mejor traje y el vestido más elegante, pero la cuarentena nos pasó por encima. Hemos sufrido la crueldad de retenes sanitarios que frenaron a ciudadanos con el legítimo derecho de regresar a sus casas o de despedir a sus afectos.

El delito actuó con más crudeza que nunca, en el arrebato, la entradera, la salidera, especialmente tras la salidera de 4 mil delincuentes a los que quisieron proteger del Covid, y los transformaron desde la cárcel en la nueva pandemia en la vía pública. Preparándonos para una nueva normalidad le ponemos el pecho a las adversidades y el brazo a la tan esperada vacuna, de la que sería muy cruel que la gente resulte derrotada porque el Covid le gane de mano a la inmunización con un rebrote de la enfermedad. Porque la crueldad de las restricciones y prohibiciones alimentó que tuviéramos casi un millón y medio de contagios y 40 mil muertes. Como canta Cerati de fondo, siempre seremos prófugos, por eso no tienen sentido la crueldad y el pretexto. Solo dependerá de nosotros, con nuestras decisiones responsables y los cambios de actitud, transformar a la crueldad en humanidad. Es un desafío poético que se propone romper con los moldes de los estereotipos de un mundo consumista, materialista, que se vende al mejor postor. Si logramos frenar la crueldad en el maltrato animal mucho más allá de las corridas de toros o si debatimos en serio la condición vegana o vegetariana, será entonces que moralmente estamos preparados para analizar la cruel determinación sobre una vida que no puede decidir sobre sí misma. Quiero decir que si ponemos el reflector sobre la necesidad de que el aborto sea legal, seguro y gratuito para legalizar lo que ya sucede en la clandestinidad, legitimarlo sin esas condiciones de resguardo, igual perderemos de vista la importancia de la educación sexual, la conciencia de cada acto en la intimidad, las medidas de profilaxis y la planificación responsable de una familia. Aborto en sí misma es una palabra cruel, a la que buscan humanizar con la definición “interrupción voluntaria del embarazo”. Seguirá siendo cruel, en aquellos casos en lo que se tome solo al embarazo como una cuestión individual de la mujer y no de una pareja. Tan cruel como el ejemplo del Ministro Ginés, el visionario al que encandiló la pandemia, cuando dijo que sería un tema resuelto si se tratara de varones. La gestación es el origen de una vida a la que pareciera que pueden manipular desde sus comienzos con la misma crueldad con la que la manejarán hasta los últimos días.

Ese es el debate que nos merecemos, entre pañuelos de colores, preservando ambas vidas en lugar de la crueldad de un sálvese quien pueda, salvando ambas vidas. Por eso, la dualidad es crueldad o humanidad, como polos opuestos. Lo importante sería que en todo orden y en cada rubro de nuestras vidas, no nos quedemos solamente con las propuestas sino que podamos desgranarlas para entender cómo nos afectará cada medida con causas y consecuencias. Se trata de leer todo: banderas, ideologías, pensamientos, pancartas y carteles, para pensar si detrás de algunos mensajes, no se esconde algo cruel.

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