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Cuento Editorial Espejo

By Daniel Revol.

En varias oportunidades, desde muy chico, durante las noches despejadas, me detengo a contemplar el firmamento. Mi obsesión no pasa por identificar cada uno de los puntos luminosos sino que solamente me conformo con aquellos que son de fácil reconocimiento. El Lucero del Alba, que es el nombre campestre para un planeta con un mote codificado, Venus; Las Tres Marías, en posición horizontal perfectamente equidistantes una de la otra; Marte y sus tonalidades rojizas tenues y naturalmente, nuestro satélite natural, en cualquiera de sus fases, pero si es de Luna creciente y casi Llena como en estas madrugadas, mejor aún. No recurro a prismáticos ni telescopios, porque lo que me interesaría saber, y no hace falta que te aclare que no encuentro la respuesta, es cómo nos verán desde esas distancias que son puntos panorámicos privilegiados. Con una ambición más terrenal, cada vez que tuve la oportunidad de subirme a un avión y sentarme del lado de la ventanilla, o ni hablar cuando logré visitar la cabina de operaciones, en pleno vuelo me desvivo por identificar desde ese mirador lo que está allá abajo. El despegue o el aterrizaje por la diferencia de altura, lo hacen más atractivo no solo por la proximidad para el campo visual sino porque se trata de zonas urbanas, de mi punto de origen, de esas que recorrí varias veces desde adentro o que no conozco personalmente pero tengo todas las referencias. Ver las trazas de autopistas, anchas avenidas, asentamientos de emergencia, edificios emblemáticos, cursos de agua, estadios de fútbol, a escala, en miniatura, se detectan claramente en un vuelo rasante, durante pocos segundos.


No es el tiempo suficiente para identificar a todos los seres vivos que allí están, deambulando o descasando, en actividad laboral o recreativa. Los imagino, pero no alcanzo a distinguirlos. Estar en la altura, suspendido en el aire, sea quizás lo que nos ubica en cercanía con la tan mentada frase que simboliza el estado de plenitud cuando nos referimos a que tocamos el cielo con las manos. Y estar conectados con el universo de manera espiritual y mental, nos permite sentir que nuestros seres más queridos, esos afectos que ya no están, disfrutan de nuestros logros, intentan contenernos en nuestros desaciertos y nos guían en esos momentos de desconcierto. Lo hacen desde allá, desde el más allá.

Cuando busco una inspiración que me de energía o pretendo encontrarle una explicación a aquello que seguramente no la tiene, miro hacia arriba, me aferro a la fe, y me siento escuchado. Por efecto rebote, me baja como una luz que me devuelve una imagen que ya no tiene distorsiones y me permite observarme de una forma más tranquila y armónica. Al mundo no solo le falta un tornillo, sino un gran espejo suspendido en la atmósfera, que nos devuelva la auto-crítica y nos deje al descubierto. No busco que nos observen todo el tiempo bajo el necesario argumento de que nos vigilan y nos monitorean para que no nos excedamos de velocidad ni cometamos maniobras imprudentes y prohibidas. No, no hablo de eso, y tampoco me refiero a las necesarias cámaras de seguridad que nos hacen sentir más protegidos ante la delincuencia o el abuso. Eso está fuera de discusión. No pretendo cámaras al estilo del reality Gran Hermano o de la película de la vida de Truman en una burbuja. No me malentiendas. Hablo de un espejo, en el que podamos mirarnos como sociedad y como individuos. No voy a recordarte cuántas veces le has esquivado a ese objeto, solo y desnudo, al salir de la ducha. Lejos de ser tu aliado se convirtió en el enemigo con el que convivís, al que tratás de evitar, porque no puede ocultar el exceso de peso, las arrugas, la pérdida de cabello, las canas o esos complejos físicos de los que siempre renegaste. Solo cuando te amigaste con vos mismo y te aceptaste, te mostrás natural en las fotos, sin el prejuicio de que se vea lo que considerás tu mejor perfil. A lo que en realidad me refiero es a la necesidad de tomar ese instrumento y llevarlo como una endoscopía a tu alma y a tu cerebro, para que te permita ver tus acciones y movimientos. Ese espejo es el único con una actitud auto-crítica y reflexiva, despojada de soberbia, que te dejará ver realmente quién sos y qué has hecho. Si cada vez que hablamos nuestras palabras tuvieran el suficiente nivel de eco y reverberación como para que podamos volver a escucharlas, interpretarlas y analizarlas, ese espejo sonoro nos permitiría medir el daño que muchas veces provocamos a la sensibilidad de otras personas. Un psicólogo suele ser ese espejo que sostenido por las teorías de Freud o Lacan nos ayuda a ordenar nuestra estantería cerebral.

El genial Enrique Santos Discépolo le dio una poesía maravillosa entre muchos tangos a Cafetín de Buenos Aires, cuando en los primeros versos sentenció que “de chiquilín te miraba de afuera, como a esas cosas que nunca se alcanzan, la ñata contra el vidrio…”, un vidrio que si desde el interior se apagara todo, para terminar en una absoluta oscuridad, se convertiría automáticamente en un espejo para devolver la imagen de ese niño espía, que se imaginaba en su adultez sentado a una mesa de un bar que por su edad estaba vedado. Los humanos solemos vernos reflejados en lo que adquirimos por genética: carácter, temperamento y talentos innatos suelen venir en un ADN mixto de padres y abuelos. Podemos heredar el color de ojos, la forma de la nariz, comprobados por la ciencia exacta del espejo. A eso le sumamos las costumbres y la crianza para confirmar que de tal palo, tal astilla. El resto lo absorbemos cuando nos identificamos con personas que también son de carne y hueso, pero a las que vemos como gurúes, con alma de líderes y cinta de capitán. Todos alguna vez nos imaginamos ser como una determinada persona, seguirle sus pasos, y hasta tener parte de su personalidad o de sus rasgos. ¿Pero qué pasa en el sentido inverso, cuando ese espejo en el que nos vemos reflejados absorbe lo que somos, lo internaliza, lo potencia y lo amplifica? Muchos de nosotros sentimos que orgullosamente nos representa. Casi con seguridad, todos los que estamos ahora de uno y del otro lado de la radio, no llegaríamos ni a los talones de la estatura intelectual y la capacidad hacedora de Bernardo Houssay, César Milstein, Luis Leloir, Adolfo Pérez Esquivel o Carlos Saavedra Lamas, para conquistar un Nobel como retribución de lo realizado por el bienestar de muchos. Sin embargo, la pertenencia de la misma nacionalidad es motivo suficiente para que podamos sentirnos orgullosamente representados. La entrega del esfuerzo, sin rendirse, en instancias decisivas de Vilas, Gabriela, Delpo o Gaudio; los 59 golpes de knock-out de Monzón sin que jamás haya quedado en la lona; la magia de Manu Ginóbili; las maniobras arriesgadas a máxima velocidad de Fangio o el Lole; el rugido de las Leonas o las garras de Los Pumas nos exacerban esa argentinidad al palo.

Aunque no tenemos la más mínima capacidad de cualquiera de ellos para ponernos en su lugar, nos sentimos uno más, porque frente al espejo nos vemos reflejados en su piel. Son nuestros abanderados y logran conmovernos. Eso provocan como onda expansiva: conmoción hasta el último instante. Diego es el espejo de muchos que sueñan seguir sus pasos, como ese desafío de ganarle a lo imposible. Pasar de la villa al palacio; de las privaciones a la abundancia; de Fiorito a Dubai; del potrero al estadio Azteca; de la timidez a la lengua filosa. Frente al mismo espejo la misma persona tuvo la capacidad de mostrar ambos polos opuestos y contradictorios. No hay dudas de que hablamos de un elegido, porque si querer es poder, al deseo hay que alimentarlo y ayudarlo. Por eso adquirió la figura de un Dios todopoderoso y fue en un mismo partido la picardía con la mano y la sabiduría en los pies para ser el soldado futbolero de Malvinas ante los ingleses. Es el prócer contemporáneo más argentino y el embajador políticamente más incorrecto. Es zurdo de pierna y de ideología. Y hablo en presente como Diego hablaba en tercera persona. Es inexplicable la contradicción de la vida manchada pero la pelota intacta o de las piernas cortadas y el recorrido por todo el planeta. No le pasa a ningún terrícola y por eso debe ser un extraterrestre de alguno de esos puntos brillantes desde los que no están observando. Allá se fue y de allí había bajado como barrilete cósmico, según lo inmortalizó Víctor Hugo, que antes de ese relato Mundial ya había conducido en las tardes de la tele un programa justamente llamado “El espejo, para que la gente se mire”. De fondo suena “El espejo”, con Maná, la banda de ese México desde el que Maradona regó de gloria nuestro suelo. Empachados de fracasos, el hambre de gloria deportiva es la que nos devora la razón, cuando nos envuelve la pasión celeste y blanca. No puedo asegurar si es una gran mayoría o una pequeña minoría la que se ve reflejada en Diego. Pero estoy prácticamente convencido de que ese espejo reflejó para afuera y para adentro lo que hoy parecemos los argentinos. Nos caracterizamos en la contradicción de la desigualdad, de la que tanto hasta el mismo Maradona había renegado. Todo lo que nos desaconsejaron y hasta nos prohibieron en pandemia, fue legitimado oficialmente.

La capilla ardiente en el Salón de los Patriotas Latinoamericanos parecía un Salón de los Espejos. Se reflejaron el aprovechamiento político de la muerte de una figura popular; el vandalismo del fútbol mudándose a lo que podríamos institucionalizar como la Cancha Rosada; la suspensión por gases lacrimógenos de un velorio como si se tratara de un partido; multitudes que no pueden entrar a una tribuna pero pueden improvisar la cuarta bandeja a lo largo de kilómetros para hacer el aguante. Estadios sin públicos transformados en estadios partidos en el dolor, que homenajean al ídolo que partió. El espejo de Diego fue capaz de unir a los argentinos en la camiseta pero de dividirlos en la grieta de las banderas ideológicas. Y así fue su vida convulsionada hasta el último día, como nos sucede a los argentinos, fieles a nuestras convicciones y rehenes de nuestras contradicciones. Alberto y Cristina hicieron que el distanciamiento como sociedad sea tan grande que no da el ángulo para que nos veamos reflejados en el mismo espejo. Permitieron todo lo que nos prohibieron para darle el último adiós a nuestros afectos. Quizás para ver el desprolijo modo con el que manejaron durante la cuarentena sanitaria alcance con vernos en el espejo de la convulsionada despedida a Diego. Entre tanta contradicción, es mejor plantarnos frente al espejo para buscar coincidencias. El presi es hincha de Argentinos, el club que fue la cantera cebollita del astro. La vice es hincha de Gimnasia, desde donde dio la última pelea, dirigiéndolo como viejo lobo. Diego, el de Segurola y Habana llevaba tatuado a Fidel y murió el mismo día cuatro años después. Y seguramente resucitará como todo aquello que es inmortal, por eso el Dios del fútbol no podía eclipsar el nacimiento de Jesús el 25 de diciembre y prefirió partir el 25 de noviembre. El espejo de la vida maradoniana debutó en la selección en un amistoso contra Hungría, a los 16 años de edad, justo en la Bombonera, en el 77, y reemplazó a Leopoldo Luque, el goleador homónimo de quien fuera su último médico. Es que la intensa vida de Diego en 60 años necesitaría de varios espejos para poder pegar en fotos todos sus looks de cabello y contextura física.

El espejo retrovisor nos muestra sus famosos entornos, como los anillos de Saturno, ¿estarás allá Diego? envolviéndolo en escándalos, aprovechamientos, especulaciones y adicciones. Hasta la muerte de Diego fue una pandemia que contagió viralmente tristeza y duelo. Si el espejo pudiera proyectar el futuro, no hay dudas de que su vida de serie y de película continuará en la justicia, entre los cinco hijos reconocidos y los que irían apareciendo por los supuestos derechos. Cada hijo frente al espejo ve reflejado parte de los que fueron sus padres. Esos adultos mayores a los que en el espejo le pegaron un cartelito con la letra chica del aumento de la movilidad jubilatoria que dice que el 5% de diciembre es a cuenta de lo que les darán en marzo. Si pudiera llenaría nuestro país de espejos para que un solo modelo refleje la tan mentada igualdad en los derechos. La de los formoseños que pugnan por regresar a su provincia, por el antojo feudo de Gildo que ve en cada uno un potencial contagiador de coronavirus. Al gobernador le reflejaría hasta encandilarlo la resolución de la Corte Suprema y el artículo 14 de la Constitución. Pondría en gigantografía en el espejo la pelea oncológica por la vida de Abigail, en los brazos de su padre, desafiando el inhumano retén sanitario santiagueño. Y distribuiría espejos entre todo el pueblo, pero no para que aparezca una villana y le pregunte “espejito, espejito, ¿quién es la más bonita?”. Porque ya sabemos que es Blancanieves y todos debemos conformarnos como siete enanitos. A mí reservame el papel de Gruñón. Los repartiría para que se refleje la igualdad de derechos y obligaciones para pagar impuestos que nos permitan ser atendidos y contenidos por un estado y su poder de turno. Primero debemos asumir que la llamada civilización que se refleja como barbarie nació del trueque de espejitos de colores de los colonizadores por la riqueza de los pueblos originarios. Luego de esa auto-crítica, y después de todo lo que pasamos en este 20-20, que justo, 20, dos veces el 10, me pondría a fabricar espejos. En definitiva no es más que un vidrio que en el reverso fue tratado con una reacción química de nitrato de plata con amoníaco puro. Una nube marrón que mezclada se convierte en un líquido traslúcido, que hará un espejo de lo que podría haber sido una ventana.

Este cambio es el que deberíamos poner en práctica los argentinos. Divididos, en lugar de utilizar la ventana para criticar lo que vemos, usemos un espejo para entender cómo nos vemos.

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