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Cuento Editorial Final

By Daniel Revol.

A pesar de que la mayoría de las veces no lo tomamos en cuenta ni le prestamos atención, nuestro recorrido por la vida está lleno de finales. Y por ende, de nuevos comienzos. Hay tareas domésticas y trabajos, ya sean oficios o profesiones, comerciales o industriales, que permanentemente tienen un final para que de manera automática vuelvan a comenzar. Cuando lo percibimos nos lleva a pensar que nunca terminamos con lo que nos pidieron o nos habíamos propuesto como objetivo. Sentimos cierto desborde ante la demanda de actividades que nos llevan a reflexionar en medio del agotamiento sobre lo interminable que se hace cada escena, esperando que nuestra película tenga un final, y que en lo posible sea feliz.


Cada vez que resolvemos un problema, atendemos una urgencia, despachamos un requerimiento, nos sentimos con la satisfacción de la misión cumplida. Y detrás viene otro, en una fila imaginaria que nos consume la energía. Creemos que a cada trabajo terminado podemos ponerle un punto, ni siquiera punto y aparte. Al menos un punto seguido, como quien redondea la oración. Imposible, porque terminan convirtiéndose en puntos suspensivos, al estilo de esta historia continuará. Y en muchos casos, muchos más de los que creemos, no hay un punto que resume un concepto sino que es una coma o un punto y coma. Desconozco de dónde sale esa necesidad humana de darle tanta entidad a la parte final de algo. Poner el reflector allí puede provocar que no disfrutemos del desarrollo, del mientras tanto, quiero decir del ahora, del presente. Aunque es lo ideal ir de menor a mayor, tampoco podemos subestimar el comienzo de algo, porque de lo contrario estaríamos arrancando con menos diez. No todos los finales llegan de la misma manera. Están los que consideramos inevitables, simplemente porque se manejan en función de una duración pactada y sabido es que no podemos alterar el tiempo. Están los finales que son parte de un proceso y que generalmente depende de nosotros la puesta a punto para que la obra esté concluida. Existen finales previas a la final, de esas que se construyen paso a paso, y que en el caso de trastabillar y caer se transformará en una final anticipada.

Quiero decir que hay finales que llegan por inercia, por el peso propio que los hace caer, y hay otros que vienen por carácter transitivo y generación espontánea. El tan mentado final anunciado, que suena a irreversible aunque tomemos el más optimista de todos los pronósticos. Tantas veces cantaste a la par del genial Sandro, de quien en una semana se cumplirán 11 años de su inmortalidad, y pocas veces te detuviste a analizar la poesía de la letra. Qué quiere decir el Gitano cuando entona que “al final, la vida sigue igual”. No debería seguir igual, sino que en el imaginario de todos está que debería cambiar, y encima, si es cambiar está institucionalizado que es para mejorar. El cambio de trabajo, el de pareja, el de gobierno, el de año, siempre lo suponemos como que es el final de algo para superarnos y mejorar. ¿De dónde sacamos esa hipótesis? Como si la dinámica de la vida fuera matemática pura, que suma y sigue. Los fríos números conocen de la cuenta final. Está claro que cada año en nuestra edad se calcula por una vuelta completa al sol. Esa traslación es la que cumple religiosamente nuestro planeta, para finalizar un ciclo que nos hace cambiar el calendario. Solo tiene lógica en la esperanza y la energía positiva que podamos creer que el solo hecho de empezar un nuevo año hará que todo sea mejor. Es psicológico, no hay dudas. El final del 2020 al que desde hace tiempo quisiéramos apurar es como esa visita o ese llamado que nos retrasa lo que estábamos haciendo, nos quita un tiempo preciado y necesitamos apurar su final. O como aquella película que dejó de interesarte y ahora que la tecnología te lo permite, te tomás el atrevimiento de apurar los cuadros para enterarte del final. Entonces, no necesitamos esperar al final de algo si lo que deseamos es cambiar los planes, tomar decisiones, pegar el volantazo que nos lleve a otro rumbo. Se requiere de ingenio y audacia para aplicar otro plan y tener otros mapas en la guantera. Un año calendario en sí mismo puede parecerse más a la rotura de un espejo, que nos trae aparejados siete años de desgracias y mala suerte. No obstante, estamos empecinados en que ahora sí, se ocultará el sol de este jueves 31 por el oeste y cuando vuelva a aparecer unas nueve horas más tarde, el viernes 1 por el este, todo será distinto.

O peor aún, haremos todos juntos, la cuenta regresiva con fuerza, con más ganas que nunca, con barbijo y distanciamiento, para bajarle el telón a este año maldito, viral, contagioso, infectado, vigilando y monitoreando que no se le ocurra quedarse, para que a la medianoche, podamos sentir una especie de alivio mental, renovando el oxígeno, como quitándonos esa mochila de plomo que veníamos cargando. Y ahora sí, listo, tomá 2020, y le damos el tiro final, el de gracia, para asegurarnos de que no tiene posibilidades de sobrevivir. Por las dudas, haremos dos cosas extras. Llamaremos a los que tengamos más cerca, manteniendo distancia por supuesto, y les pediremos que constaten como si fueran peritos forenses que el año viejo ya no respira. Y además, desde el mediodía de este jueves, nos engancharemos por las redes sociales, la tele y las radios para que nos muestren y nos cuenten si efectivamente este año ya finalizó en la Bahía de Sidney, en las Torres Gemelas de Kuala Lumpur, a orillas del Bósforo en Estambul, en la Torre Eiffel de París. Ya está, es inevitable, se terminó el 2020. Como la frase de Jack a Rose, trepados a la proa del transatlántico quebrado, en posición vertical, a punto de que lo succione el mar, cuando sin perder el romanticismo le sentencia: Es el final. Allá vas 2020, como el Titanic. Y ahí, de golpe, nos damos cuenta de que nos arrastró a todos, que se llevó un año de nuestras vidas, de nuestros sueños, proyectos, objetivos, afectos. Por eso es que tenemos más necesidad de que se termine esta función en lugar de pensar en lo que vendrá. Que pase el que sigue, y nos proponemos atender al 2021 como si fuéramos a desquitarnos, tomándonos revancha solo porque pertenece a la categoría anual. Entonces, ponemos todo en la balanza y decimos en tono conformista que no hay mal que por bien no venga; que las crisis son oportunidades; que de esta vamos a salir mejores. Hace más de nueves meses comenzaron a ponerle plazos a las restricciones, de dos semanas, de tres, con curvas ascendentes, estables, frente a una pandemia que efectivamente todavía no tiene final. Porque encima tiene rebrote, aún sin haberse secado. Pensamos que el único final posible es la vacuna, la que sea, tenga toda la efectividad o al menos un poco. Que tenga la mayor seguridad o la cantidad de efectos adversos que sea.

No importa, queremos que la carrera final contra el Covid la ganen la ciencia y la humanidad. Ya tenemos suficiente con casi un millón 600 mil contagiados y 43 mil compatriotas a los que les llegó la hora final antes de tiempo. Entonces, seguimos de cerca el aterrizaje de las dosis en Ezeiza, el traslado custodiado de los camiones a Avellaneda y mostraremos los primeros pinchazos a los elegidos por encontrarse en el riesgoso frente de batalla como la llegada del Mesías, no de Messi, del Mesías, y será el comienzo del final de algo. Chau coronavirus, al final te ganamos, en tiempo récord y antes de que termine el fatal partido del 2020. Te ganamos con la rusa, la estadounidense y la británica. Y por eso, todos a festejar, en masa, ya se termina el año del encierro, el 2020, que en la jerga quinielera de los sueños es la fiesta, fiesta-fiesta, que fantásticas y felices estas fiestas. Tanto festejo, al final, enciende el alerta de la bomba sanitaria, porque además la cepa muta, se reinventa, asusta, y nos damos cuenta de que estamos lejos del final si no cambiamos nuestras propias conductas. Miramos de reojo lo recorrido y entendemos que tanta cuarentena de poco sirvió para el país, su producción y movimiento económico, para que al final de la estadística sigamos participando, sumando, poniendo en duda si el sistema hospitalario responderá o desbordará. Y al final, cerramos las fronteras ahora, cuando deberíamos haberlo hecho en febrero. Se nos fue el año escuchando y viendo que el fin justifica los medios. Y llegamos a fin de año con niveles de circulación viral más altos que en abril, cuando “Quedate en casa” era casi un símbolo patrio. Los llaman finales anunciados: A la fachada del CCK le borraron la frase de Borges que advertía que “Nadie es la Patria, porque todos lo somos”, instalada por la Macrisis. Escribimos la historia sin final, con las letras de molde para la inseguridad y los números de la inflación. Los llaman finales abiertos: las disputas territoriales y por los espacios de poder de Cristina y Alberto, tironeando de ministros funcionales que no funcionan. Lo llaman el final inevitable: la sucesión y la herencia entre los hijos de Maradona, mientras en paralelo investigan la mala praxis de la crónica de un final anunciado.

Se podría titular como cavaste tu propio final, y se lo dedicaríamos a Beccacece, empujado por la eliminación de la Libertadores y tomado de la mano por la salida de Diego Milito en Racing. Pero también tenemos lo que se rotula como semifinales, entre Boca-Santos y River-Palmeiras, y el sabor de la revancha o el tachame la doble, para un eventual cruce final-final con deseos de Maracanazo. Cómo será que se ponen la mejor pilcha para que el próximo finde, ya en el nuevo año, los primos de Russo y Gallardo se crucen, por el invento local que siempre tendrá clima de final, aún más ante la falta de torneos de verano. Somos de esas generaciones en las que nos estresaban los finales y nos producía una falla multi-orgánica la situación de rendir examen que se alivió con las clases virtuales. Sin embargo, cada día, al final del recorrido, la vida nos pone a prueba. Nos entregamos al descanso con la esperanza de que habrá otro amanecer, otro partido por jugar, otro desafío por delante. Por eso, en la vida no nos gusta utilizar el punto final. Una calificación legal que esta semana sonó fuerte, ocho años después de la condena a los civiles hermanos Méndez, que ahora fue revocada por la Corte Suprema. El horror de un centro clandestino de detención en Tandil, en el que tuvo su peor final el abogado laboralista Carlos Moreno no encuentra justicia, y según ésta, como no tiene pruebas, lógicamente absuelve. 8 años para un dolor sin final que lleva 4 décadas desde la dictadura. La injusticia también puede llegar el día del juicio final. Porque tardaron 26 años para dejar libre de culpa y cargos a Carlos Telleldín, imputado por facilitarle al terrorismo el utilitario activado como coche-bomba para volar la AMIA. Dos hechos de estas horas que encuentran en los expedientes el final más inesperado. Y seguramente el menos deseado, porque tenemos la necesidad de encontrar culpables, cuando son más fuertes las sospechas que las pruebas. Es que los jueces llegan a la instancia final con un veredicto basado en códigos y leyes. Y en algunos casos, cajonean pruebas, miran para otro lado, y cantan la que te dije de Sandro: al final, la vida sigue igual.

Además, si es por respetar lo que dice la ley, tenemos el ejemplo de Rusia, que preparando su futuro, tras el final de su mandato, Vladimir se redactó una ley que le da inmunidad in eternum junto a los suyos, sin chances de que los investiguen ni los detengan. Quiero suponer que a Putin le compramos solo las vacunas Sputnik contra el Covid pero el combo no trae estas ideas ni proyectos. Llegamos al final de un año al que hubiéramos querido abortarlo hace muchos meses, con el debate clave en el Senado, por la instancia final de la Interrupción Voluntaria del Embarazo. El final anticipado de una vida que tiene las horas contadas en la clandestinidad, a la que buscan darle un marco legal, gratuito y seguro. Cuentan los votos verdes y celestes, mientras miran hacia la batalla final que por su vida está dando a los 90 el caudillo Menem, en manos de Dios y en sintonía con la iglesia. Es la extraña sensación de la llegada del final de algo sin la necesidad de que aparezca un reemplazo y mucho menos que sea mejor. Lo experimentamos todos, tras cada frustración con una nueva elección o después de cada partido perdido a pesar de que el campeonato sigue adelante. Nos criamos con aquello de una batalla perdida no implica el final de la guerra. Somos de la generación que siempre intentó ver la luz al final del túnel. De hecho, venimos de celebrar la Navidad, el nacimiento de Jesús, su cumpleaños, su renacimiento en cada uno de nosotros, que nos hace comulgar con la vida eterna y sin final. Por eso, Navidad es lo nuevo, es volver a empezar. Si aquello que había se terminó solamente era un ciclo, una etapa. Son tramos de un proyecto y de un trayecto que seguiremos recorriendo, ustedes y nosotros, como quien recorre el dial, del principio al final, a la búsqueda de voces que los hagan sentirse escuchados. Aunque el programa en esta casa se termina cuando en breve finalizará el año, sabemos que el tiempo presente no implica el final de nada. Solo de nosotros dependerá que el futuro sea la continuidad de todo o el comienzo de algo.

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