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Cuento editorial renacimiento

By Daniel Revol

Tal vez lo que voy a plantear también te ha sucedido, a pesar de que no quieras reconocerlo públicamente. En muchas oportunidades, se me ha cruzado por esta cabecita en qué época de la historia me hubiera gustado vivir. Como en la serie “El Túnel del Tiempo” en la que los científicos Tony Newman y Douglas Phillips podían escapar de lo contemporáneo al pasado, que era la antítesis de “Volver al Futuro” con Marty McFly y el Doctor Emmet Brown en la que podían ver lo que les esperaba e inclusive modificarlo. En mi caso buscaría retroceder, e ir más allá todavía con la imaginación. Plantearme en qué lugar del mundo me hubiera gustado nacer y acá viene la parte más dura y controvertida: De quién o de quiénes me hubiera gustado ser hijo.



No reniego de quien soy, ni de quiénes provengo y tampoco del bendito suelo en el que afortunadamente me tocó nacer y me dio la nacionalidad. Es solo un juego con la imaginación, a partir de la ilusión de tener una vida más tranquila, placentera y previsible. ¿No te hubiera gustado sentirte protagonista de alguna etapa bisagra de la historia, sin quitarle mérito a la que hoy nos toca que seguramente será recordada para la posteridad? Con tanta tecnología al alcance de nuestros dedos y tantas alternativas para conseguir objetivos vale cuestionarse cómo hacían en otras épocas para lograr la felicidad con mucho menos. O quizás, con mucho más. Menos materialismo y más humanismo, por ese cálculo de que menos es más. También fantaseo conmigo mismo o con algunos conocidos acerca de si seremos la reencarnación de alguien que fue muy protagonista, considerado una pieza clave, y cargamos con una parte de ese espíritu mezclado con la genética de nuestros ancestros. Pasando en limpio, si se pudiera hacer un revisionismo profundo y real, imaginemos que nos hubiera tocado vivir la época del llamado Renacimiento. Se extendió durante unos 200 años, lo mismo que tiene de historia nuestra nación. Transcurrió entre mediados de los siglos 14 y 16, surgió en Italia y desde allí se proyectó a toda Europa. Fue esa corriente que llevó a los colonizadores a la ambición de ir por más y quedarse con todo, descubriendo tierras, conquistando a sus pueblos originarios, apoderándose de sus riquezas.

Me imagino como comunicador, aunque no existían los medios, intentando en aquella época analizar esa postura avasallante, que se arrogaba todo lo que pisaba para quienes eran gobernantes monarcas, poderosos terratenientes y prósperos burgueses. Fue la transición de la denominada Edad Media a la Moderna. Hoy vivimos la época de la extinción de la clase media y esperamos por una vacuna contra el Covid que podría ser del Laboratorio Moderna. Mismos nombres, diferentes situaciones. Volviéndonos a meter en los libros de historia para desgranar lo que pasaba hace 7 siglos, vamos a proponernos que cada uno de nosotros encaremos un rol entre los personajes de aquella época. Imaginemos si hubiéramos acompañado o resistido los cambios. A pesar de que pertenezco a una generación que viene de la radio a transistores, la comunicación analógica, el teléfono con cable y la tele en blanco y negro, reconozco que sobreviví y me adapté bastante bien a lo digital, virtual, inalámbrico y en colores. Me cuesta meterme en la piel de una especie de dinosaurio de aquellos que lograban grandes proezas y hazañas sin muchas herramientas ni instrumentos. Les digo dinosaurios con respeto, porque esas generaciones se extinguieron pero antes dejaron sus huellas para abrir los surcos que nos trajeron hasta este siglo 21. Sin embargo, como si fuera de otra época, un insignificante e invisible virus, escapado de un ignoto laboratorio de una desconocida ciudad de la populosa China, barrió en menos de un año con los sueños de 8 mil millones de seres del planeta. Nos aplicó un correctivo para hacernos retroceder varios casilleros en nuestras conductas, nos hizo visibles nuestras miserias y carencias. Pero también nos ayudó a descubrir que gracias a los logros de los últimos 30 años en tecnología, parte de lo que hoy resistió en el vínculo laboral, social y afectivo, no se hubiera podido sostener en otro contexto. Imaginate al mismo virus 30 años atrás, en la época en que durante las vacaciones de verano en Mardel hacíamos eternas filas para subirnos a un camión de Entel y hablar a los gritos con nuestra familia para informarles que estábamos bien y responderles si habíamos tenido un día de playa. Seamos francos, vos y yo eso lo vivimos.

Entonces podríamos plantearnos si en realidad no estamos transitando una nueva era que bien podría llamarse Renacimiento, como aquella de hace 7 siglos. Estamos caminando el penúltimo finde de un año que nos consumió entre angustias y ansiedades. Al 2020 se lo robaron. Literalmente es como un calendario que nos lo arrebataron de nuestras casas y bolsillos. Ha sido un año de supervivencia y resistencia, que encima nos agarró con las defensas bajas porque veníamos golpeados, no en la lona, sino que ya habíamos caído del ring. Y los visionarios y estrategas que nos cuidan, dejaron entrar al virus como quien resulta engañado por el cuento del tío. Cada vez tengo menos dudas de que somos los protagonistas del nuevo renacimiento. Acordate hace 19 años, un día como hoy, viendo la sangre derramada de la lucha popular y callejera, en el medio de saqueos, vandalismo y violencia. Una pelea de civiles y fuerzas de seguridad que sufrían el mismo castigo de un desgobierno, una especie de anarquía que dejaba como daño colateral la imagen de la renuncia y la salida en helicóptero. El presidente ya había perdido a su vice tras el jaque mate de los sobornos en el senado para la flexibilidad laboral. Sin reservas, sin confianza, sin otra salida que la devaluación ante una convertibilidad ficticia, le echaron mano a los ahorros y los depósitos. La inventiva criolla hizo tronar las cacerolas para acompañar aquella murga callejera del “que se vayan todos”. Callejera, emergente de la rúa, el viejo término español que significa calle. El destino hizo que a De la Rúa, la rúa lo expulse del poder. Por supuesto que el costo más alto lo pagamos todos nosotros, como siempre, porque de aquella exigencia para que se vayan todos solo queda la anécdota contada por todos los mismos que lograron reacomodarse y quedarse. Eso también es renacimiento. Convengamos que nuestra dirigencia política tiene una capacidad infinita para recuperarse, superior a la mitología griega que ilustraba a un ave llamada fénix como de larga duración, muriéndose en llamas y renaciendo de sus propias cenizas. El renacimiento, una vez más. Ya lo decían aquellos acordes que deseaban que cada feliz domingo renace la esperanza para la juventud, eternizando a Silvio Soldán.

Renació Mirtha Legrand con sus mesazas porque tiene resistencia a todas las pandemias. El Renacimiento lo puede encarnar el propio Messi, marcando 643 goles con la camiseta del Barza para igualar el récord que ostentó O Rey Pelé durante 46 años en el Santos, con el valor agregado de que Leo sigue participando. No deja de renacer el Gallardo River y hasta la Academia se copa con el fantochesco Beccacece que tuvo su renacimiento parcial ante Boca. Tuvo su segundo renacimiento Maravilla Martínez con 45 años ante un finés que no resistió los golpes de knock-out de un argentino que como tantos otros, se ilusiona con volver al lugar que supo conseguir. Será que el entusiasmo para que haya un renacimiento es como un viento de cambio que ha soplado con la fuerza de un ciclón por estas horas. Está claro que para renacer es prioritario haber nacido. Es parecido al momento en que sentimos que tocamos fondo, no podemos más, y juntamos un poco de fuerza de algún rincón espiritual para volver a emerger. No es tan simple como tirarse al agua en posición palito, tocar el fondo de la pile y volver a salir a la superficie por el propio efecto que nos hace buscar oxígeno. En realidad, muchos argentinos son más parecidos al efecto físico de la gravedad, porque caen al suelo por el propio peso y luego necesitan de un rescate para renacer. Deprimidos, con un cuadro que puede ser de gravedad, quedan aturdidos y desorientados. No es para menos, porque no hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista. Ahora, cuántos años de extrema gravedad venimos resistiendo, mientras escuchamos que si todo sale como lo plantean, en un futuro estaremos en los mismos niveles económicos de producción que teníamos por ejemplo, hace 15 años. Obvio que nadie desde la Rosada u Olivos te va a recordar que si eso sucede tendremos 15 años más que nadie nos va a reintegrar. Tomalo a cuenta del renacimiento, como si fuera de futuros aumentos. Hay sugestivas curiosidades que prácticamente están legitimadas. En el frustrante derrotero para combatir una inflación que siempre está en franco renacimiento, el mismo Gobierno que controla YPF se encarga de autorizar nuevas subas de hasta el 6% en los combustibles que por supuesto traccionarán todos los aumentos de las cadenas intermediarias de todos los rubros.

Y aunque prometen quitarle la carga tributaria a los trabajadores con el mal llamado Impuesto a las Ganancias, con sueldos aún más bajos, elevándose los pisos, hay un millón de empleados que se volvieron contribuyentes cuando no lo eran en 2015. Una de las tantas razones por las que siempre renace el trabajo informal. Partimos de la base no imponible que le da al ser humano el sabor de lo prohibido. Es por eso que somos esa sociedad en la que renace la esperanza. Renace en una vacuna que nos prometen traer, corriendo los plazos sin escrúpulos, mientras miles de inescrupulosos no miden el riesgo de las reuniones multitudinarias, privadas y prohibidas. Renacen anuncios y acuerdos, acusaciones y desmentidas. Que la norteamericana no sirve para alérgicos, que la rusa no protege a los mayores de 60, que te inmunizan pero no impiden el riesgo. Porque quien se vacuna sentirá que vuelve a nacer, no debería cuidarse y retomará su vieja normalidad. Error. Aquello que llegó en el verano pasado resistió “Las Cuatro Estaciones” de Vivaldi, con barbijo, distanciamiento y hasta brindis virtuales. El rebrote del coronavirus es una especie de renacimiento a partir de la mayor circulación. Es matemático, el virus suma y los gobiernos restan. Cierran fronteras, aumentan las restricciones, multiplican los contagios. Casi un millón 700 mil personas en el mundo y 42 mil en nuestro país perdieron la vida por el Covid y para ellos no hubo chances de supervivencia ni renacimiento. El castigo parece tan implacable como si todos los avances de la ciencia no existieran y estuviéramos en la era del renacimiento de hace 7 siglos. Esa época en la que el arte y la cultura ganaban su espacio, el mismo que hoy está prácticamente cerrado o con un aforo tan restringido que lo prolonga en su lenta agonía. Aquella etapa renacentista se basaba en la simpleza de las cosas y tenía como contraposición a lo barroco, que sobrecargaba exageradamente cada espacio arquitectónico o de decoración. Parte de eso es lo que hoy nos sucede, cuando nos llenan de anuncios imposibles de cumplir, exagerando cada movimiento político en el tablero, para lograr una desmedida repercusión marketinera de algo que es mínimo, efímero y relativo. Renacer es volver a nacer, pero es imposible si abortamos el nacimiento.

Un debate pintado de verdes y celestes, que busca legalizar lo que el propio Estado reconoce que no puede evitar y resistiría en la clandestinidad. Dos años después se logró el renacimiento del debate por la interrupción voluntaria del embarazo, sumando voto a voto en el conservador ámbito del senado, y especulando hasta con la delicada salud de Menem para que el rechazo al proyecto no logre su cometido. Y si hay alguien que supo ejercitar durante sus 90 años su propio renacimiento es justamente el caudillo riojano. Si el renacimiento fuera mucho más que una época y se convirtiera en el poder extraordinario de devolver nuevamente la vida a quienes ya no la tienen, me tomaría la atribución de traspasarla de los asesinos a sus víctimas. De Rubén Papadopulos a Isaac, el indefenso niño atropellado junto a su madre por el salvaje automovilista en fuga a 100 kilómetros de velocidad en plena avenida en Flores. Buscaría el renacimiento de Santiago Stirz, el ciclista que con su guitarra al hombro como buen músico, fue asesinado por moto-chorros en La Plata. Intentaría que el delito y la violencia no tuvieran la oportunidad de renacer en cada falla del Estado, cuando no legisla, no juzga, no condena ni educa en una competencia desleal, entre el bien y el mal, donde pareciera que todo está perdido por pedido. Si esta etapa de supervivencia que padecimos este año tiene mucho de renacimiento, deberíamos replantearnos en serio si todos no tenemos una función esencial, que trasciende el cuidado de la salud o la producción de alimentos. Todos somos esenciales para alguien y muchos son esenciales para nosotros. No está muerto quien pelea ni quien dejó su talento y su creatividad, expresados en soluciones, inventos, proyectos y emociones. Son los considerados esenciales porque tienen una carga simbólica muy alta para muchos. La pérdida de Maradona que decenas de veces renació de sus propios errores, dejó la vara muy alta en lo futbolístico para que alguien pueda reencarnarlo. Y también dejó una escandalosa disputa judicial de bienes y negocios a herederos que quieren ser reconocidos como los hijos de Dios. A este año no le ha faltado nada y afortunadamente solo le faltan menos de dos semanas.

En ese transcurrir, llega la celebración de la Navidad, que es renacimiento del verdadero hijo de Dios, en nuestros corazones, nuestras almas y nuestras casas. Si logramos que renazca Jesús, volveremos mejores de lo que fuimos. Superaremos la mezquindad política de quienes se disputan el renacimiento en las encuestas, como los Fernández y la Macrisis. Como ciudadanos y personas podemos renacer en serio para ser mejores. La Navidad es esa oportunidad simbólica y espiritual para comenzar con este desafío. Renacer es volver a nacer y es volver a empezar. Si llegamos hasta este lugar es porque como pudo hacerlo Jesús, por la liberación de la verdad y la justicia de su pueblo, privilegió la fe y la esperanza. Un claro ejemplo de supervivencia, renacimiento y resistencia.


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