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Cuento Editorial Silencio

By Daniel Revol.

Siempre existe a pesar de que tenga sonidos o un imperceptible murmullo. Aunque parezca increíble, puede perturbar o llegar al extremo de aturdir. Tiene significado y motivación propios y suele ser la consecuencia de algo. Algunos lo asocian con esa calma que precede a la tempestad o por el contrario, a los instantes posteriores luego de aquello que no pasó inadvertido. Labios cerrados pero sin que implique un pensamiento en blanco o una censura. Oídos abiertos para prestarle toda la atención a quien nos entrega su conocimiento.



En la melodía se marca en un pentagrama con barras diagonales gruesas entre la segunda y la cuarta línea. En lo cotidiano se predica como un claro ejemplo del respeto al otro. En literatura se interpreta con una pausa. En el alma se guarda como el tesoro de un secreto. Daría la impresión de que cada vez se pone menos en práctica en un ritmo vertiginoso y acelerado que está tomado por el bullicio y el alboroto. Nos lo piden en reiteradas oportunidades en un auditorio o en clases, ante una concentración masiva de público, como un alerta de educación y respeto a quien hará uso de la palabra: ¡Silencio, por favor! Silencio. Según Paul Simon y Art Garfunkel, como lo afirmé al comienzo de la narración, existen “Los Sonidos del Silencio” y tienen música y letra. Hace casi tres décadas, el cine nos impresionó con un éxito de taquilla en el que el talento de Anthony Hopkins encarnaba a Hannibal Lecter, un extraordinario psiquiatra que escondía a un asesino serial. Durante dos horas quedábamos estremecidos, mudos, en silencio, aferrados a la butaca ante cada escena de “El Silencio de los Inocentes”. Un thriller del más puro género de terror, parecido a la evocación de la celebración importada, que anoche tuvo como casi todo en estos tiempos, su práctica en modo virtual: Halloween. La noche de brujas para que caracterizados de manera diabólica, los chicos salgan a ofrecer “dulce o truco”. Ergo, caramelos o susto. Para esto último ya tenemos suficiente y por lo tanto nada mejor que un toque azucarado a nuestros días. Las brujas, que las hay las hay, son el prólogo al tiempo de recogimiento y reflexión de dos fechas de la liturgia católica, como los días de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos, en seguidilla, el 1 y 2 de noviembre.

Efemérides que hasta hace algo más de tres décadas transcurrían en medio de un profundo silencio, al que hasta las radios nos asociábamos con música sacra y locución sin estridencias. Como sucede con los Carnavales y la posterior entrada en la cuaresma hasta llegar a la Semana Santa, las Brujas son la última oportunidad de divertirse antes de guardarse silenciosamente en la cuarentena. Pero no en ésta de aislamiento por coronavirus, donde la nocturnidad le cedió terreno al silencio, sino en la cuarentena del recogimiento religioso. Tampoco me refiero a la fiesta clandestina de los jóvenes santafesinos de Armstrong, que rompieron el silencio del cementerio y hasta se fotografiaron con ataúdes. Nada más silencioso que la imagen de un Santo, aunque muchas veces hayan tenido expresas manifestaciones de cura y sanación. Nada más silencioso que la presencia de un ser fallecido, a pesar de que exista una comunicación que nos lleve al más allá con meta-mensajes de carácter físico, mezcla de espiritual y terrenal. Como si algo le faltara a este año, estas festividades se ven enmarcadas por una asombrosamente luminosa Luna Llena, que baña de más misterio el silencio sepulcral de estas noches. Es que el silencio puede llegar a provocarnos miedo. Y si un sonido no reconocible lo corta abruptamente, casi que podemos pasar a un estado de susto o pánico al borde del infarto. El martes 10 se cumplirán 13 años de aquella memorable décimo séptima edición de la Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado en Santiago de Chile, en la que el Rey Juan Carlos de España le disparó la frase matadora a la incontinencia verbal de Hugo Chávez: “Por qué no te callas”. Interrumpiéndolo reiteradamente a Rodríguez Zapatero, el venezolano llegó a expresarle que “una serpiente es más humana que un fascista”. Zapatero a tus zapatos, a su juego lo habían llamado al bolivariano para romper el silencio con descalificaciones, sin red ni límites. Hugo se la mandó a guardar por sus facturas pendientes con Aznar y el monarca lo mandó a guardar silencio. La política suele tener lugares incorrectos e incómodos. Una declaración puede dejar en silencio a propios y ajenos hasta que acusan el efecto del golpe, se restablecen y comienzan con sus réplicas para explicar lo inexplicable.

Cuando esta semana Cristina rompió el silencio que mantuvo sobre asuntos de estado como la pandemia y la crisis socio-económica les tapó la boca a los mismos oficialistas. La vice calificó como agobiante la situación económica, le adjudicó toda la responsabilidad del gobierno al presi y responsabilizó a parte del gabinete a los que llamó funcionarios que no funcionan. ¡Cric, cric… cric, cric! Silencio de radio. Esa reacción hubiera sido hasta razonable, antes que salir a interpretar que no es más que un apoyo en lugar de una crítica a su gestión. Alberto, como buen abogado, invirtió la carga de la prueba de su socia también letrada. 10 años se cumplieron desde que Néstor se llevó en silencio sus secretos y planes a la tumba, enmudeció a una parte del país, tranquilizó a muchos que estaban nerviosos y al mismo tiempo los puso más tensos por lo que les llegaría después. Un año se cumplió esta semana de aquella noche en que las urnas hablaron para confirmar lo que las PASO habían insinuado, como el irremontable camino de la Macrisis que se había caracterizado de populista, de golpe, para darle al pueblo oxígeno después de haberlo asfixiado. Truco antes por tanto ajuste, dulce luego a cambio de un voto. Ese sagrado momento del cuarto oscuro, en silencio, con la decisión trascendental que cada ciudadano toma y que ante-ayer evocamos con aquella ruptura del silencio de urnas bien guardadas, hace 37 años. Excesos cometidos bajo el siniestro silencio de la tortura y la desaparición que desde los cuarteles sumergió a nuestro país, a nuestra patria en su noche más larga y oscura. La búsqueda de la justicia suele marchar en silencio, desde una ronda de pañuelos blancos alrededor de la pirámide de la plaza histórica, hasta una multitud que indignada lleva retratos y le da identidad a los muertos del delito y la corrupción. Y es una alarma que debería hacernos mucho ruido cuando quienes se dicen representantes de organismos defensores de los derechos humanos se llaman a silencio en lugar de representar a las víctimas de hoy. Silencio Hospital, con miles de profesionales y trabajadores de la salud que en una interminable crisis sanitaria ponen de pie la dignidad en pos de salvar vidas, silenciosamente.

Terapistas que debieron visibilizarse y alzaron la voz, rompiendo el tormentoso silencio, por el agotamiento y la situación límite de los contagios por Covid. Fue estremecedor el silencio de las primeras semanas de cuarentena en calles vacías, que solo se quebraba en el aplauso generalizado desde balcones y ventanas cada noche a las 9. Tanto esfuerzo para que se fundan comercios y Pymes que terminaron vacíos, en un cerrado silencio, ahorcados por obligación. Desde Olivos, silencio, mutis por el foro, culpando a la pandemia y no a la cuarentena. Tanto sacrificio en vano, tanto respetuoso silencio a los que supuestamente sabían adónde nos llevaban. Pero casi un millón 200 mil contagios y más de 31 mil muertes, hacen que sobren las palabras. Silencio Hospital, el silencio es salud. Y si creés que estoy equivocado, podés remitir tu queja a la carta pública de Cristina, que cree que se necesita un acuerdo de todos los sectores de la sociedad, algo que jamás aceptó en tensos momentos de su anterior gobierno. En silencio, el blue se tiñó de un verde más tenue para bajar 26 pesos en una semana. Obvio que hace más ruido que nueces cuando el dólar se dispara que cuando cae, a pesar de que el silencio suele resquebrajarse cuando golpea contra el piso. Guzmán hace silencio y todo parece acomodarse, quizás por aquello de no aclares que oscurece. Algo que debería aplicar Axel, mientras le revisan el silenciador del escape. ¿Se le escapan o lanza a propósito frases desafortunadas? El “goberna” niveló para abajo las tomas e intentó explicar que en el territorio bonaerense, los countries son usurpaciones de lujo, mientras los propietarios desconfiados revisaban sus escrituras y otros clamaban por agilidad en la silenciosa burocracia para cumplir con sus trámites. Como mudo testigo del sórdido déficit habitacional quedaron las 100 hectáreas de Guernica, ese bañado inhabitable que fue tomado por la necesidad de miles y por la especulativa manipulación de los intereses de otros. Un desalojo que despojó humildes pertenencias de las penurias que silenciosamente cargan compatriotas expulsados del sistema. Y en silencio, los funcionarios de turno planean costosas soluciones que pagaremos entre todos, cavando aún más la grieta de la injusticia y desigualdad social, con la fábrica de subsidios y pobreza.

En el otro extremo del péndulo que se mueve sigilosamente, la estancia Casa Nueva para viejos terratenientes. Los Etchevehere, una familia que guardó en silencio sus diferencias entre hermanos, para que al acecho se agazape Juan Grabois llenando de Dolores la cabeza de la única hermana mujer de la clasista patronal rural. Perplejos, en silencio, nos quedamos atónitos observando un reality de la vida real, con jueces y fiscales que demostraron que cuando se quiere, o hay riqueza, se puede operar de manera veloz. Una huerta de plantines quedó silenciosamente como espectadora de una puesta en escena para el llamado Proyecto Artigas, evocando al caudillo oriental que en silencio luchó por la independencia rioplatense charrúa, pero que jamás inculcó la toma de tierras de manera compulsiva. Ni la casa de Gran Hermano se animó a tanto. Aunque entre hermanos, cuando el silencio se rompe, el estruendo es más fuerte que el sismo que sacudió a Grecia y Turquía. Basta con leer en silencio el libro “Hermano” y las revelaciones de Mariano sobre Mauricio Macri. Ma, ma, ma… mamá, o mejor dicho papá Franco y su imperio. Es que nuestros sueños quedan truncos y yacen en silencio. Nos sucede cuando la justicia se ejecuta otra vez por mano propia y con un jubilado, Daniel Dama, que abatió a dos de los delincuentes que quisieron robarlo cuando salía de su casa en Florencio Varela. Los tiros que cortan el silencio, como el homicidio de Alejandro Moges Rojas, el albañil paraguayo de 56 años que hasta se colgó de la ventanilla para que no le llevaran su camioneta. Su vida se la llevaron con un tiro en el rostro en Virrey del Pino, La Matanza, nuevamente la matanza de humanos a manos de la delincuencia cuyos expedientes duermen en silencio en los cajones de los juzgados. Tampoco hay explicación para el fuego abierto por Jonathan Mosqueda, el joven en situación de calle que le arrebató el arma a un efectivo a las puertas de la estación Retiro, para desencadenar un baño de sangre cruzado con policías que dejó heridos a dos de ellos y un ciclista. Una agonía de tres días terminó con la muerte de quien alterado psicológicamente, como en el caso del policía Roldán en la puerta del MALBA, nos mostró esta vez en la terminal del ferrocarril San Martín, que la seguridad en cualquiera de sus formas está en la vía muerta.

Pocas postales pueden mostrar más silencio y quietud que una vía muerta, imagen de una nación paralítica. Solo unos pocos elegidos pueden seguir caminando luego de que le hayan cortado las piernas. Diego que sigue en rodaje a los 60, a los tumbos, metiéndose todo el tiempo en la boca del lobo. La leyenda viviente de Maradó, Maradó, el que fue capaz de dejar en silencio a estadios enteros o hacerlos estallar de alegría y emoción. Nació en el 60, llegó a los 60, y su paso nunca fue silencioso, sino más bien polémico y antojadizamente escandaloso. Se terminó el silencio del fútbol, con tribunas vacías cuyo silencio lo reemplaza la amplificación del aliento de una hinchada virtual, acorde a los tiempos que corren. Y la patria futbolera debe conformarse con la televisación del fútbol para pocos, codificado, en una AFA que no tiene códigos sino más bien pactos de silencio. Una vergüenza monumental para que a los Millos, a los que les habían autorizado supuestamente el uso de su canchita en Ezeiza, desde la Liga profesional lo veten y reprogramen todo para este martes, en un estadio que sea como la gente, aunque sin gente. Calladitos la Boca, construyeron su propia Fortaleza el Apache y Wanchope para obtener los primeros tres puntos del último campeón, ante un Granate que con el eterno Pepe Sand recreó en este caso el codo de Dios, como tributo maradoniano. Hagamos un respetuoso minuto de silencio, en honor a todos los que ya no están. Un minuto de silencio para salir de este presente que está muerto, estancado, deprimido, frustrado. Necesitamos de un momento de meditación, para reflexionar en silencio sobre todo lo que debemos haber hecho equivocadamente, para embarrarnos en este pantano. A las puertas de un verano que será más silencioso, triste y pobre que los que hemos vivido. A la espera de una vacuna que en silencio desarrollan pero quizás no llegue nunca. A la búsqueda de una educación que dejó aulas cerradas, quietas, sin recreos, como si por primera vez le hubieran hecho caso a la Seño cuando pide “silencio, chicos, por favor”. Tal vez sea por el barbijo que sentimos que nos tapan la boca como sociedad para que guardemos silencio, porque sobran motivos para reclamar. Y como argentinos, lo peor que podemos hacer contra las injusticias, es quedarnos en silencio.

Obviamente que debemos expresarnos con las herramientas que nos habilita la democracia. En cada elección tenemos voto. Pero todos los días, tenemos nuestra voz.

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