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Cuento Editorial de Daniel Revol- 2020-08-30

Un solo sentido que logra expandirse y multiplicarse para representar a todos. Apenas el oído, agudo sería mejor, bien abierto y despierto para ser el receptor que alimente a todo el cuerpo. Si el mensaje es claro, el oído permitirá conectarlo a la imaginación, para que pueda ver el impacto de los cierres, despidos y parálisis de sectores cercados por la cuarentena.



El relato entrará por el oído para ponerse en el lugar exacto del olfato y efectuarnos un auto-análisis que dictamine si funciona correctamente o lo estamos perdiendo, poniéndonos en un riesgo de contagio de Covid. Si los datos son certeros en la estadística actualizada de positivos, lo que entra por el oído nos permitirá ponernos en la piel de quienes están internados y tocarlos con mucho tacto de compatriotas para darles fuerza en la pelea a la enfermedad. Si las voces entran por un oído pero no salen por el otro, sino que deambulan por nuestro cerebro en la búsqueda de una lógica, nos daremos cuenta del sabor del condimento político que encierran las descalificaciones de Alberto hacia la Capital Federal y la estigmatización de Córdoba y Jujuy para mostrarlos como ovejas negras de los contagios. Y si tuviéramos un sexto sentido, lo utilizaríamos con el criterio suficiente para medir con equilibrio nuestras palabras, y que de esa manera lleven la menor carga de subjetividad posible. A pesar de que solo apuntamos a quienes nos oyen, lo más importante es que nos escuchen. Es imposible describir la forma en que la cenicienta de los medios, la que no tiene posibilidades de colores, ilustraciones, fotos ni imágenes, logra acaparar tanta atención como cuando de niños, nuestros padres nos leían cuentos que nos atrapaban en un seductor juego de misterio e imaginación.



Eso somos, sonidos que contienen palabras, ejecutados por el instrumento de la voz humana, algunas veces más afinado y otras un poco calado. No importa adonde estés, porque como lo afirma Tabaré Cardozo en su candombe rioplatense de fondo, estarás ahí, en el lugar en el que transcurren los hechos, si el tipo de la radio te lo cuenta. Sabés que no pero estás ahí como un fiscal para corroborarlo con tus propios ojos y como un escribano para labrar un acta de constatación. Es una radio-transportación, etérea, volátil, frágil, aunque al mismo tiempo es firme, sólida y precisa.

Una noche de 1938, una puesta en escena de una obra con tal sentido de la veracidad, generó pánico en todo Estados Unidos. Orson Welles adaptó “La guerra de los mundos”, en la víspera de la noche de Halloween para que las brujas tomaran el aire como si fueran extraterrestres. Era de tal realismo lo que salía por las radios encendidas que esa noche la mayoría creyó que era el fin del mundo y se desmadró con tal magnitud que provocó trastornos psiquiátricos crónicos y pérdidas de vida irreparables. Welles no buscaba semejante daño colateral, sino que apenas pretendía demostrar el poder y el alcance del mensaje a través de los medios, y en especial de la radio. Sucedió hace 82 años, durante la noche del domingo 30 de octubre, una fecha que guarda una relación simbiótica con todos los argentinos desde hace casi 37 años, porque recordará por siempre el triunfo de la vuelta de la democracia que tanto atesoramos. Y no tengo dudas: la radio es el medio más democrático entre todos. Es gratuita y artesanal, nos pone a todos los competidores en igualdad de condiciones en el dial, para que luego el ciudadano elija, decida qué escuchar, se exprese, se enoje, disfrute, nos ratifique su confianza o en la primera oportunidad, mueva la perilla y cambie a otra opción. O lo que sería peor, baje la palanca y nos apague para siempre. Si nos elige es que nos vota. Será por eso que la radio, democrática como ninguna, tiene voz y voto. Y en tiempos de encierro y aislamiento, se convirtió en un aliado más preciado que nunca. Cuando en la soledad, con el biorritmo alterado y la pérdida de la noción del tiempo se acrecienta entre cuatro paredes, la radio es un sostén, un apuntalamiento, un puerto en el que podés amarrar. Es que la cuarentena nos afectó en lo socio-económico pero también en lo físico y emocional. La prueba la dio por radio el propio Eduardo Duhalde bajo el fundamento de una posible alteración psicológica por la cuarentena que afecta a todos. Al mejor estilo de Welles, con Novaresio en la hermana mayor pero más joven, la tele, Duhalde había advertido sobre posibles riesgos de la democracia, malestar político-militar y posibilidad de no tener elecciones el año próximo. Una especie de invasión extraterrestre aunque de uniformes verdes camuflados.

Fue tal la repercusión que tuvo que se convirtió en una especie de radio-pasillo, un ruido mediático similar al estruendo de la caída al suelo de tu radio de la cocina. Si esto fue un desvarío, aquello de “quien depósito dólares recibirá dólares”, hace más de 18 años, ¿también lo fue? Porque aún me retumba esa otra frase en mis auriculares. Lo peor que nos puede pasar a los comunicadores debe ser el encierro en un estudio radial, sin tomar contacto con los sentimientos y las sensaciones de la realidad externa, como si estuviéramos en una burbuja, al estilo de lo que sucede con los 402 mil contagiados de coronavirus o los grupos a los que debe aislarse. Debe ser por esa razón que sentimos el permanente desafío de sacarle una radiografía a la actualidad. Hacemos un respetuoso silencio de radio cuando escuchamos a Cristina Castro con la convicción de creer que el cuerpo encontrado en una ría de Villarino pertenece a su desaparecido hijo Facundo Astudillo. Tenemos la necesidad de colocarle el micrófono a Sergio Berni para que se haga cargo del enojo de una madre al que calificó de mentiroso con efectivos de una fuerza de seguridad que suicida pibes. Y nos dan ganas de golpear el micrófono para comprobar si funciona correctamente, cuando escuchamos a la Ministra Sabina Frederic denunciando penalmente a los vecinos que en Villa Mascardi en Río Negro se movilizaron para defender tierras sistemáticamente usurpadas, porque habrían instigado a cometer delitos y a armarse. Una pugna territorial que ya se había cobrado la vida del joven mapuche Rafael Nahuel por una bala policial en el gobierno de la Macrisis y la de Santiago Maldonado, ahogado en el río Chubut mientras escapaba de un operativo de Gendarmería contra los pueblos originarios. Deberíamos calcular el radio del alcance de algunas medidas que desprotegen al ciudadano y de algunas declaraciones que confunden a la sociedad si tomamos como centro el lugar de cada hecho. Hola, hola, ¿me escuchan? Presidenta, ta, ta, ta. Acá no hay cuestiones de privilegio, si total van a votar en contra, y adónde está el senador Bullrich, que la última vez no pude verlo, dijo con voz seductora de FM.


Todas chicanas que por micrófono lanza la auténtica Cristina, abogada que ayer celebró su día con todo derecho, con un radio de alcance infinito para hacer daño. La imagen freezada del legislador opositor le dio pasto a las fieras, que ni lerdas ni perezosas, en 10 minutos hicieron cartera del cocodrilo que se duerme. Modificaron el dictamen, multiplicaron varias veces los juzgados y los fueros a crearse, y hasta se animaron a decir que el proyecto judicial no es una reforma, cuando les reprochaban la aprobación de la reforma de la reforma. Hola, hola, ¿me escuchan? Hay que pena, hay interferencia. Cortamos acá. Como buena operadora política que trabaja en una radio, Cristina siempre tiene el control. Bien se merece que el próximo huracán de esta temporada, luego del paso de Laura por las costas estadounidenses, tenga un homenaje bautizándolo como Cristina. Como en la radio, estarían en sintonía perfecta, nombre e intensidad. Los informativos radiales no paran las rotativas y narran sucesos de inseguridad de los más variados con consecuencias judiciales de las más inesperadas. La libertad bajo fianza cuando pague un millón de pesos para Néstor Pavón, el asesino en Gualeguaychú de Micaela García, la joven mártir que inspiró la materialización legal de la violencia de género. Un millón por el sacrilegio de una vida, el mismo dinero que se llevaron junto a un cáliz de oro de la iglesia en la que en el ´45 se casaron Perón y Evita. Nadie entiende tampoco como había un palo en esa parroquia de La Plata, salvo por el nombre de la ciudad, aunque llamándose justo San Francisco de Asís, que tuvo la salesiana misión pastoral de luchar contra la pobreza y en cuyo nombre se inspiró el papa argentino. Es necesario poner en el aire esas noticias que nos hagan reflexionar y emocionar, porque estamos entre fechas simbólicas de la vida de la Madre Teresa de Calcuta, como los 4 años de su canonización, 23 de su muerte y 110 años de su nacimiento. Cuando la Premio Nobel de la Paz llegó al mundo, a Enrique Telémaco Susini, César Guerrico, Miguel Mujica y Luis Romero Carranza, aún no se les había dado la oportunidad de la primera experiencia radial de estas tierras, y según aparenta, de todo el globo.



Treparse a la azotea del Teatro Coliseo para conectar cables a una antena y transmitir una ópera de Wagner en directo fue la odisea que los hizo consagrarse como locos, para que nosotros prosigamos con esa loca aventura un siglo después. El destino quiso que este gran festejo nos encuentre con la radio en el centro de la escena y todos celebrando desde el aislamiento hogareño, luchando contra un virus invisible, tan invisible como el mensaje radial cuando viaja por el aire. Imaginate si hace 100 años, con aquella primera transmisión, se hubiera dado el contexto actual y el alcalde la ciudad prohibía como ahora, las reuniones sociales de hasta 10 personas en las terrazas, aunque se trate de un espacio al aire libre. La radio no es una pandemia pero genera una pasión que es contagiosa. No paro de imaginarme si alguna vez un relator radial volverá a emocionarnos con otro “barrilete cósmico, de qué planeta viniste”. Un nuevo capítulo del radioteatro “El portazo de Leo”, con el Barza como despechado, Messi en el rol del novio seductor, y el Manchester City, el Paris Saint Germain y la Juventus para demostrar que billetera mata galán. Pero no a Roberto Galán, el recordado locutor radial y casamentero televisivo, que estaría buscándole novia a Leo. Es que justo Dios en el equipo en el que ya está Cristiano CR7 sería un programón de altísimo rating. La radio es una programación apta para todo público, una especie de ATP que no tiene las restricciones que tendrá esta quinta etapa de la ayuda estatal para solventar sueldos privados en esta crisis sanitaria. La radio tiene una responsabilidad mayúscula, que deberían imitar todos los adolescentes y no tan jóvenes que vencidos por el hartazgo realizan reuniones privadas sin medidas de prevención, que se convierten en focos de contagios de asintomáticos. Con la radio encendida podés reírte, cantar y hablar fuerte porque entre ambos no se transmitirá ningún tipo de virus, para que no te vengan a retar Vizzotti ni ninguno de los infectólogos que con sus consejos nos dejaron desorientados, con la antena enfocando para cualquier lado. Ahora, a llorar frente a la radio capilla, por haberle hecho caso a la radio galena, cuando terminamos con el coronavirus portátil, transportándolo como la radio de aquí para allá.



Necesitamos encender un radio-despertador que nos saque de esta pesadilla que nos está dejando con las pilas agotadas. Siento que gobierno y sociedad están en frecuencias diferentes. Me encantaría viajar en los archivos para encontrarme con las voces de aquellos que alimentaron esta magia que cumplió un siglo. Yo sé que a esta altura 100 años te parece el equivalente a los 170 días de aislamiento, restricciones o como quieras denominarlo, que cuando termine esta etapa serán exactamente 6 meses, otoño e invierno completos, dos estaciones, como la AM y la FM. Celebremos en vivo a la radio, el medio más democrático. Para que tenga por muchos años más en esta lucha permanente la supervivencia. Y especialmente celebremos que por siempre, la radio conserve la receta de su misterio.

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