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Locura

Cuento editorial.de Daniel Revol. 2020-08-23

Son como veredas antagónicas, de un lado los cuerdos, del otro los locos. Los sanos y la insanía como si no hubiera términos medios. La banda Turf dice que alguien está loco un poco nada más, que casi parece normal. Y el enorme Sergio Denis cantaba entre sus grandes éxitos “Un poco loco”, como si no tuviera trágicos ribetes de locura la forma en que cayó desde su lugar de trabajo para no despertar jamás.




Quién de todos nosotros levantaría la mano para identificarse como alguien completamente sano, que no se animó ni se atrevería jamás a cometer un acto que por una parte de la sociedad sería descripto como una locura. Cómo podemos asegurar que no reaccionaríamos ante un hecho que nos pone en peligro agravándolo aún más, resistiéndonos a un asalto o saliendo en defensa de un ser querido y cercano ante lo que consideramos un abuso. La locura puede ser una patología del grupo de las alteraciones mentales permanentes, que requiera de un tratamiento psicológico o hasta psiquiátrico con medicación, generalmente sedantes y ansiolíticos para los casos más leves. Aunque en algunos otros casos puede ser tan grave que requiera de la internación, el chaleco de fuerza, el aislamiento. Sin embargo, las locuras contradictorias nos llevan a minimizar cuadros y si alguien se considera insano tras cometer un delito se vuelve inimputable, porque ni siquiera comprende la gravedad de su accionar. Pero alguien imputado por ejemplo por un homicidio, jamás podría considerarse como alguien sano, porque una mente pura no pasaría ciertos límites. Es raro, es loco, pero tengo varias veces la sensación de que las leyes no reflejan lo que las radiografías sociales muestran. La legislación tiene zonas grises, sin materia gris que estudie en serio que la insanía necesita un trato más profundo que el encierro carcelario, si es que consideramos que una celda hará reflexionar a un criminal para recuperarlo y devolverlo sano a la comunidad cuando haya purgado su condena. Dicen que de poetas y de locos, todos tenemos un poco. O sea que todos llevamos una musa inspiradora con la genética de Bécquer, Neruda, García Lorca, Alfonsina o Benedetti, que no en vano se unió para grandes obras con el Nano Serrat, que solito, de puro atrevido, se mandó “Cada loco con su tema”.

Cómo no identificarnos los comunicadores con la historieta de contratapa que vivió 12 difíciles años con nosotros en un diario, con ese bigote a la moda que lucía el corresponsal en el exterior, apodado El Loco Chávez. El pasado domingo homenajeábamos a la infancia en este mismo espacio y utilizábamos a la niñez como vector. Fijate qué casualidad, que hoy estamos poniendo la segunda pata que daría sustento a una verdad absoluta definida por el intelectual Michel Foucault: Los niños y los locos siempre dicen la verdad. Por eso, concluye que a los chicos se los educa y a los locos se los encierra. Sería interesante que ambos grupos se dedicaran a hacer política y gobernarnos, para que actúen con la sinceridad. Vos me dirás que con los chicos es imposible porque no alcanzaron todavía el grado necesario de la responsabilidad. Si los esperamos, cuando crezcan, quizás ya estarán contaminados. Ahora no podemos negar que disfrazados de cuerdos tenemos a varios locos que hacen política. Siguiendo el carácter transitivo esos serían los honestos, los sinceros, los que no mienten. Los otros son los supuestos sanos que desde sus cargos de funcionarios públicos hacen locuras y se vuelven inimputables por su inmunidad. Somos de una generación que creció riéndose con los Locos Addams, y eso nos hizo perder varios miedos en la vida, por lo tenebroso de la escenografía y sus personajes. ¿Llamó usted?... nos repetía Largo, el mayordomo, entre las locuras de una familia muy normal. O no te pasó que sentiste que en tu casa alguien encarnaba el personaje de Dedos cuando te desaparecían dinero u otros objetos de valor, hasta que lograbas encontrarlos. Nos gustaba sufrir con el Loco Gatti en el arco. Pero no nos gustó sufrir y decepcionarnos en primera ronda, hace 18 años del otro lado del mundo y de madrugada, con el Loco Bielsa como gran DT en el banco. Los que amamos la radio, como vos, como yo, estamos de festejo esta semana por el primer siglo del medio al que tantas veces dieron por muerto, y por eso vamos a homenajear a los Locos de la Azotea. Cuando no teníamos muchas ganas de pensar, íbamos al cine solo para reírnos inocentemente de algo que hoy sería prohibido por la cosificación de la mujer, en escenas de “Los bañeros más locos del mundo”.

Y cuando tenemos ganas de ser auto-críticos de nuestra esencia criolla y las injusticias cotidianas, nos sentimos identificados con Bombita Darín en ese capítulo de “Relatos salvajes”. Es que nadie está exento de una reacción irracional cuando todo sale mal de punta a punta como le pasó a Michael Douglas en “Un día de furia”. Qué locos lindos les decimos popular e inofensivamente al que hace locuras que no miden riesgos. Y son incalificables los que parecen escapados de los “Autos Locos”, los que terminan chocados, volcados, lastimados y muertos, ellos y terceros inocentes, para revalidar y redescubrir que los autos no son locos, sino que lo son quienes los conducen. Vamos por la vida silbando la “Balada para un loco”, de puño y letra de Horacio Ferrer y melodía de Piazzolla, mirando para los costados no vaya a ser que se nos cruce un loco que nos haga pasar un mal momento o se aproveche de nuestro descuido como buen oportunista. Estoy tan desconcertado como los de Locomía abanicándose en pleno invierno en la Patagonia. Es una locura que el verde coquetea con los 140 pesos, o que el Gobierno no considere esencial al combustible para impedir que aumente como lo hizo con la televisión paga, la internet y el celular. Y lo más loco es que a YPF siendo estatal, fue el mismo Gobierno que había congelado su precio el que le autorizó el último ajuste. Es de locos que se necesiten 45 mil pesos mensuales para asomar la cabeza sobre la línea de flotación de la pobreza; que un jubilado gane la mínima de 19 mil y que desde hace décadas estemos entre los países más inflacionarios del globo. Ya no parecemos una nación sino un territorio ocupado por un gran manicomio, en el que nos sentimos más solos que loco malo cuando queremos pelear por nuestros derechos y libertades. Los locos parecen los que salen a manifestar en pandemia sin escuchar si tienen razones sobradas y múltiples para quejarse, como “Los locos de Buenos Aires” a los que les cantaba Alejandro del Prado. Pero no sería una locura que con todas las urgencias que hay, los Fernández se empecinen en promover una Reforma Judicial que no se entiende a quién beneficia. ¿A vos, ciudadano común, víctima de la inseguridad? Seguro que no.

¿A nosotros, los comunicadores que opinamos libremente? Tampoco. Ergo, beneficiaría a ellos, los poderosos, bien empoderados, y a sus propios jueces del tercer poder. Es un disparate, porque no se me ocurre otro calificativo, que hayan sentado a la Payasa Filomena para actualizar las muertes diarias por Covid durante la conferencia matutina sanitaria. Y lo más loco es que para adherir al día del Niño se hizo una coreo en la que se prendieron Costa y Vizzotti. Supera lo loco. Ya es bizarro, surrealista, kafkiano. Es poco serio. Y algunos se enojan porque ese mismo día, un rato antes, para tomar a los niños y sus personajes como vectores, yo dije en el Cuento Editorial que Alberto, Axel y Horacio ya parecen “Los tres chiflados”, cada dos semanas, anunciando la renovación de una cuarentena que no existe en la práctica, porque la realidad la pasó de largo. ¿Llamó usted? No, no, Largo, no era para vos que ya tuviste tu momento y en esta foto no salís. En esta imagen freezada sale Esteban Bullrich en la sesión virtual del Senado cuando se va a preparar unos mates o hace una escapadita al baño y cuando le toca hablar se olvida de retirar la foto. Una foto fue la de su gestión estática ésta, como Ministro de Educación macrista. Casi todo parece una locura. Cuando más infectados tenemos por la circulación del coronavirus, en el AMBA la necesidad económica se contagió de la liberación de actividades. Y en el interior, cuando aumentan los casos, en cambio sí saben retroceder de fase. Es como cuando parecés un loco que al sentir frío en la cama querés taparte con la frazada corta y no sabés qué priorizar: el pecho o los pies; la salud o la economía. Conclusión, nos dejaron sin frazada. Una locura que tuvo dos meses de cierre casi total y 5 meses de cuarentena, restricciones y aislamiento, para contabilizar 337 mil contagios, llegar a los 7 mil muertos y registrar una caída de la actividad económica solo del 13% porque promedian el primer trimestre que fue activo en pleno verano. Qué loco, ¿no? Pensé que estábamos en el camino correcto, de los sabiondos no suicidas, de infectólogos y no tecnócratas, a los que no los van a doblegar los que piensen distinto. Menos mal que a quienes opinan diferente no los califican de locos, aunque seguramente lo piensan.

La locura se les sube al uniforme cuando se ceban con la chapa y el poder los policías que abusan de la autoridad. Los que quizás hicieron desaparecer a Facundo Astudillo Castro en Villarino, de lo que sobran pruebas, porque violó la cuarentena. O los que partieron emocionalmente a todo el país, impidiéndole el paso en la frontera de Córdoba a Pablo Musse, que quiso cumplir el mutuo deseo de abrazar a su hija a la que se llevó el cáncer, y terminará abrazando el ataúd con el cadáver de Solange. Esas situaciones son síntomas de una sociedad sacada, loca, esquizofrénica, paranoica, asustada por la inseguridad que mata de un balazo en el pecho a Fidel, el carnicero de La Boca. O que exacerba a Brandon Galeano para asesinar a su pariente Charo Gómez, que le había conseguido una changa. Pero no conforme, simuló un incendio con la jubilada ya muerta en la casa, se tomó una selfie con la plata que le robó y la subió a las redes. Su madre, afortunadamente cuerda, entregó a la policía a su propio hijo homicida de solo 22 años. 22, si, justo, el loco. La sociedad está cansada de golpes bajos como invertir los roles judiciales de la víctima y el victimario. Jorge Ríos, el justiciero de Quilmes, siente que lo han convertido en un animal. Es el golpe de knock-out para quien defendió su vida y sus pertenencias, en estado de shock emocional que es verdad, a veces te hace cometer locuras. Pero hay gente que se hartó del encierro o de caerse debajo de la lona. No todos tienen la fuerza y el coraje para subirse al ring, como Maravilla Martínez, operado de las rodillas, con 45 años, y ganar en el séptimo round ante el español Fandiño. Estamos tan huérfanos de deportes en la cuarentena que nos viene bien lo que sea, especialmente cuando somos Locos por el Fútbol. La novela de Messi y Koeman en el Barza o la final de la Champions entre el invicto Bayern Munich y el Paris Saint Germain, para ver si se repite la locura de la cábala de El Dipy y su Par-Tusa for export. Qué locura todo esto que nos pasa. Y lo que nos falta todavía, porque no sabemos cuándo desaceleraremos los contagios y ya nos aseguran vacaciones de verano, con el barbijo a tono con el traje de baño. Ya damos por perdido al 20-20, un año para el olvido que jamás olvidaremos. Inolvidable como el talento de los considerados genios locos: Newton, Van Gogh, Beethoven, Edgar Allan Poe.

Siempre nos vamos a quedar en el cierre del Cuento Editorial con un mensaje positivo. Y hoy que, tomamos como disparador y conector a la locura, nos quedamos justamente con esa palabra: locura. O sea que lo cura. A todo lo malo que nos sucede, siempre habrá algo o alguien que lo cura. Hasta que llegue una vacuna y nos inmunice de todo lo que nos hace daño. Los que pensamos así, seremos soñadores. Sin embargo, te firmo algo aquí y ahora: No estamos locos.

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