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Música

By Daniel Revol.

Partimos de una fuente de inspiración y de un talento innato para que salga algo acorde. Obviamente que todo se aprende y que siempre se puede mejorar. Todos tenemos dos oídos, pero no todos están capacitados para escuchar correctamente.


Todos tenemos dos cuerdas vocales aunque no siempre funcionan para que esa voz se proyecte de tal forma que envuelva la atención de otros y sea capaz de movilizar emociones y transmitir sentimientos. Cantar es un arte en sí mismo, como lo es componer una canción que cumpla con condiciones básicas que son los tres ingredientes que la definen: ritmo, armonía y melodía. Si transportáramos ese concepto al movimiento de otras partes de nuestro cuerpo, por ejemplo a las piernas, diríamos que avanzar un paso sería lo melódico; caminar, trotar o correr marcaría el ritmo y la armonía la definiríamos con la elegancia y estilo con que se mueven nuestros miembros inferiores. En radio, entre todos los códigos internos que nos definen, hay uno que reza que si no tenemos nada interesante para expresar, es mejor que pongamos música. La utilizamos como ambientación para decorar momentos, como complemento para ilustrar situaciones, como referencia de algún tema y en muchísimos casos, como relleno. Ella tiene la capacidad de modificar estados de ánimo, vincularnos con momentos importantes de nuestra vida y hasta es probable que nos enlace con personas, etapas y recuerdos. Tiene vínculo directo con nuestros gustos, cultura, creencias y crianza. La música nos delata la edad y la generación a la que pertenecemos. Nos marca las costumbres y tradiciones con las que crecimos. Sin embargo, no tiene fronteras, es un lenguaje universal sin que importe el idioma en el que está interpretada. De hecho, hay canciones que se traducen a diversas lenguas y hay otras que son adaptadas a distintos géneros, pero conservan la esencia y la identidad con la que fueron compuestas. Todos los países empleamos símbolos patrios para ilustrar el concepto de soberanía. Escudos, banderas y un himno nacional son los estandartes que nos entregan el sentido de pertenencia.

Los argentinos deberíamos rever en un diván con algún analista, ya que con la auto-ayuda hemos fracasado, las razones que nos llevan a inhibirnos cuando debemos entonar nuestro himno en público. Frialdad, timidez, vergüenza, nos hacen decirlo en lugar de entonarlo, que es la clave que diferencia al habla del canto. Es como si necesitáramos una inyección de adrenalina para envalentonarnos porque cantar es un derecho universal, y de hecho, a muchas de esas mismas personas no les sucede lo mismo cuando presencian el concierto de su artista favorito, celebran un feliz cumpleaños con amigos y familia, se desbocan en aquellas añoradas fiestas bolicheras nocturnas o se desnudan en la intimidad de la ducha. El himno, en cambio, nos suele condicionar. Estamos en pleno finde largo, uno más de la docena perdida para el movimiento turístico por las restricciones de la cuarentena, que evoca uno de los últimos feriados incorporados al calendario. Es como si Vicente López y Planes hubiera sido tan visionario al escribir la letra de nuestra canción patria que cuando expresa “oid el ruido de rotas cadenas” hubiera pintado aquella batalla de la Vuelta de Obligado, que se registró más de 30 años después. La desproporción en el poderío de buques de guerra, mercantes y cañones, tuvo su estrategia en el tendido de cadenas, en el sinuoso curso del río Paraná a la altura de San Pedro. Será una anécdota la derrota táctica de la Confederación ante los ingleses y franceses, porque la historia se encargará de instituir a la valentía y el freno de la avanzada comercial y política de los europeos sobre nuestro litoral, como el día de la Soberanía Nacional. Alberto Merlo se encargó de llevar con la guitarra y su canto un tributo a una batalla que podría leerse como una derrota en la pérdida de recursos humanos y técnicos aunque logró el objetivo del freno y el replanteo. Casi como un capricho, la música acomoda a ese ritmo del género folklórico del tema “La Vuelta de Obligado” para que se lo llame triunfo. Este año libramos nuestra propia batalla, la que nos metió en un tremendo candombe que nos hizo bailar con el más feo. Un virus, nombre de la legendaria banda de rock de los 80, nos quitó literalmente un almanaque completo. Nos arrebató afectos, experiencias, vidas.

Nos refugió puertas adentro, como quien repite mentalmente estrofas y estribillos esperanzadores, para que los buenos deseos de la vuelta a la normalidad sean contagiosos. Obligados a una vuelta. La música fue el conector desde balcones y ventanas en barrios, complejos y edificios, para llevar alegría frente a la angustia multiplicada. Mezclada con los rítmicos aplausos de cada noche, para agradecer el heroico esfuerzo del personal de salud, la música nos inmunizaba con más eficacia y menos efectos adversos que la aún inexistente vacuna. Pero la canción de la cuarentena se había loopeado de tal forma que era interminable. Parecía que llegaba al final y volvía a empezar, la sabíamos de memoria, mientras desde las esferas del poder improvisaban y zapaban de manera desafinada, junto a científicos de las infecciones y las epidemias. Pasamos de un hit a algo merza, porque el guitarreo y el verso te pueden alimentar el alma pero no el estómago. La necesidad le ganó a la razón. Cuando nos aislaron en cuarentena nos hicieron creer que la extensión sería como el himno, tal cual lo conocemos: una introducción musical, 3 estrofas y un estribillo. Resulta que se transformó en el himno original, de 9 estrofas de 8 versos cada una más un estribillo de 4. Si cada estrofa equivale a un mes, acá estamos, todavía cantando por nuestros derechos y libertades: al trabajo, a movernos, a la vida pública y privada. La pandemia fue un buen plan de intendentes y gobernadores que les sirvió para cometer un plagio del proyecto nacional. La nota la dieron varias provincias, en re sostenido, con sus retenes sanitarios. Como en un doble bemol, Santiago del Estero y Formosa, calaron en el sentimiento de sus propios comprovincianos. Calaron hondo en Termas, con el bloqueo al paso de Abigail, la paciente oncológica de solo 12 años que regresaba de su tratamiento en Tucumán. Su padre la tomó en sus brazos con la delicadeza y la entrega de quien toca el piano. Fue una forma de cantarle la justa al gobierno de Zamora que tarde salió a pedir disculpas por el abuso de autoridad. Más al norte, un par de octavas más arriba, Formosa, el feudo de Insfrán, que se manejó con su propio pentagrama discriminatorio de blancas y negras.

Más de 8300 personas tuvieron que llegar hasta la Corte Suprema para bajarle la estridencia a Gildo, a quien la justicia le terminó cantando como Gilda, que fuiste pero perdiste. Las injusticias tienen un repertorio tan amplio como el prontuario de algunos procuradores, jueces y fiscales, combinados según el gusto y necesidades del poder de turno. Si hasta es preferible que el día del juicio final intervenga el jurado del Cantando 2020. Desde la percusión, alguna vez saldrá un tiro para el lado de la justicia. No lo pudo escuchar Carlos Álvarez Allende, el repartidor de 44 años que agonizó dos semanas en La Plata, víctima del robo de su moto, su herramienta de trabajo. Los ultra-violentos, como aquel grupo emblemático del rock pesado, atacaron sin piedad con un destornillador como puñal a Leonor Matos, la indefensa mujer a la que le robaron e incendiaron su propia casa en Temperley. Una generación de jubilados que se convierten en luthiers, ingeniándoselas para transformar un 5% de aumento en sus haberes por tres meses para tratar de empatarle a la inflación, que nos aturde con su sonido envolvente. Es increíble que a Ariel Ramírez y Félix Luna les haya demandado apenas una noche para componer la Misa Criolla. A la mayoría de los mortales de clase media y baja no nos alcanza el esfuerzo de meses de trabajo para la canasta de una mesa navideña, un pesebre y un arbolito que nos entreguen una Nochebuena de paz y amor. Ya retumban los bombos y las batucadas de protesta a diario de aquellos sectores a cuyos reclamos de dignidad les hicieron oídos sordos. Y ahora apelan a nuestra responsabilidad para que las Fiestas en apenas un mes las celebremos en grupos reducidos, de convivientes, al aire libre, con distanciamiento y brindis pero sin besos ni abrazos. Hace 8 meses que vivimos como solistas y no podríamos tener ni siquiera un rato para integrar el coro familiar. Todo nos suena raro. Todo el año sin clases presenciales y la música que suena para los oídos es la de las fichas y las maquinitas tragamonedas de los casinos. Somos una sociedad escapada de la letra de un tango de Discépolo o el rezongo y la queja de un bandoneón de Pichuco.

El mundo es tan desigual que mientras en el karaoke nos animamos con la de Roberto Carlos que busca tener Un Millón de Amigos, aparece George Clooney para regalarle un millón de dólares a cada uno de sus mejores 14 amigos. “Amigos son los amigos”, cantaba Freddie Mercury, y tenía razón como Dionne Worwick en la canción “Para eso están los amigos”. Un tema reversionado por Máximo Kirchner y Pablo Moyano, que ya logró ejecutarse en Diputados y que mamá Cristina interpretará en el Senado. La contribución solidaria de las grandes fortunas, en una única función, aunque luego puede ser como la interminable gira de despedida de Los Chalchaleros. Entre un 2 y 3 y pico por ciento para los que tengan entre 200 y 3 mil millones de pesos que llevarían a recaudar unos 300 mil millones. Justo me estoy acordando de la letra de la canción “Dinero por nada” de Dire Straits y solo deseo que no sea esa misma versión. Un aporte que llevó al banquero Jorge Brito a decirle al propio presi Alberto que podría generarse una rebelión fiscal, para que un rato después el helicóptero que piloteaba se cayera a las aguas del Dique Cabra Corral en Salta. Pasamos de la ópera prima del Gobierno para la gran recaudación a la marcha fúnebre de Chopin en el mismo concierto. El concierto de las naciones del Grupo de los 20, frente a la pantalla, en donde el Gobierno planteó el deseo de conmover al Fondo Monetario para renegociar la deuda. Los acreedores quieren contante y sonante lo que le dieron a la Macrisis y nosotros no llegamos a juntar ni para pagarles con pesos blue. Calamos en todas las notas, salvo Martín Lousteau que clavó la música desde su auto mientras pasaba a buscar un amigo en plena reunión de la Comisión de Justicia del Senado. Para rematar su show, le mandó un cariñoso “boludo” a su acompañante, que resonó en el micrófono abierto hacia todas las computadoras de los legisladores, y se compró todas las entradas para la función de esta noche, como candidato cantado en “El Boludo de la Semana” de Lanata. Si eso ocurre, que lo tome como la dedicatoria de una canción. “Marado, Marado” es uno de esos talentos a los que más canciones le han dedicado. Una clara demostración de aquellos que quieren ver bien a Diego, como pareciera que lo desea el nuevo círculo que intenta darle una vida más armónica.

El fútbol extraña el cancionero de sus hinchas, alentando a sus amores. Esos temas consagrados con letra adaptada que a capella, o con un bombo de fondo, le daban desde la tribuna ese estímulo de carne y voz propias a quienes llevan la camiseta a flor de piel. Ninguna grabación amplificada podrá suplir esa pasión. Es una especie de play-back de esos cantantes mezquinos. Es que las fusiones de este año han sido todas rarezas, como esa espera de 258 días para que Boca bese la copa del campeonato anterior, cuando el coronavirus comenzaba a infectarnos. Encima, un trofeo entregado por Tinelli sonó casi como una joda para ShowMatch. Este año quedó demostrado que nadie puede cantar victoria antes de tiempo. Y si no, pregúntenle a Leo y Koeman, que a tono con los últimos partidos del Barza le obsequiaron el protagonismo escénico a la Banda del Cholo en el Atlético de Madrid. Ningún cantante se retira en la mitad de una canción, pero quizás es bueno irte con tu música a otra parte. El genial Héctor Larrea anunció que se va con su discoteca a su casa, a los 82, después de un paso por el dial que como todo lo bueno de la vida transcurrió Rapidísimo. Sebastián Beccacece quizás debería llevar su música desafinada a otra parte, porque ya perdió la batuta como director de la orquesta Académica. Javier Mascherano anunció su retiro con logros y deudas, y como esa canción de Charly García, “Súper-héroes”, transmitiéndole energía positiva a Chiquito Romero antes de los penales en aquel Mundial Brasil 2014. Y Fernando Gago, otra figura que se fue infiltrado por las lesiones, con su música a su casa. Los que se destacan siempre dejan algo: una enseñanza, una creación, uno o varios momentos emocionantes, de esos que son de autor. Obras únicas que como la música, trascenderán en el tiempo, traspasarán fronteras y atravesarán generaciones. Una canción siempre quedará sonando en el recuerdo. Será inolvidable como este 2020, al que deberíamos calificar como Año Mundial del Barbijo, por cierto bastante incómodo al momento de cantar. Afortunadamente no permitimos que dos notas se agreguen a la combinación musical. Mantuvimos intacto el pentagrama: do, re, mi, fa, sol, la, sí. No se colaron Co-vid. Habrán infectado a mucha gente pero no podrán contaminar el espíritu de la música.

En su día, el de Santa Cecilia, su santa patrona italiana, entonemos con el entusiasmo de esa canción que nos moviliza, nuestro mejor deseo para recuperarnos y reconstruirnos. Como esas canciones, Gracias a la Vida o Gracias a la Música.

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